relato (III)

MA Asharret

Es muy común que cuando un hombre, una mujer, siente que su vida se tambalea, que el futuro inmediato es excesivamente incierto, y que no hay de dónde agarrarse, mire al pasado en busca de alguna certidumbre, incluso en forma de artículo de fe. Jules, como hombre común que era, echó la vista atrás.

Y fue así como empezó a contactar amigos de la infancia y adolescencia, a retomar relaciones adormecidas u olvidadas tras tantos años, y de alguna manera, tratar de reconstruir, revivir su pasado, a través de los otros.

Habló con Basilio, aquel amigo con andares de poeta maldito en la universidad; con Asunción, su primera novia -así lo consideraron ambos tras darse el primer beso-; con Sergio, el sempiterno compañero de las tardes de fútbol.

Los primeros compases de la conversación que mantuvo con cada uno de ellos -y digo “la” conversación porque no hubo más que una- fueron cálidos, tiernos. Luego, a medida que avanzaba la conversación y ya se había pasado lista sobre el estado de familiares y conocidos, la tensión, el interés, decaía y ya de nuevo ocupaba todo el espacio aquel asfixiante presente llamado KOBIDXLSUN.

Un gordopanzón

Naturalmente, al despedirse quedaron en que hablarían de nuevo, por aquello de la buena educación, pero a ambos lados del teléfono eran perfectamente conscientes de que ya no había nada más que decir.

A Jules le quedó el sabor agridulce de haber reconectado con su pasado, – antes de trasladarse por su primer trabajo a la ciudad donde vivía y en la que conoció a Natalie-, cuando se dio cuenta de que ya nada tenía que ver con él. Probablemente Sergio ya no era el delantero infalible de las tardes de fútbol. Probablemente era ahora un gordo panzón, padre de dos hijos, que pasaba las tardes en la oficina leyendo diarios deportivos mientras fingía que trabajaba. Y mejor no seguir con las probabilidades de cómo serían el resto de los personajes de su pasado. Y mejor no mentar cómo lo verían los otros a él. Ya no tenía nada que ver con ellos, pero sin ellos, su pasado se diluía. Lo confirmó un rápido vistazo a Facebook: tecleó nombres y apellidos que recordaba de la escuela, de los veraneos en la montaña, de la universidad. Tras esos cinco minutos de vértigo en el que se mezclaban recuerdos con las fotos y frases de felicidad que la gente colgaba en su muro -¡incluso en tiempos de KOBIDXLSUN!- decidió que era mejor mantener intactos sus ficticios recuerdos que le daban forma y coherencia al pasado, que disolverlos en un presente dudoso y lejano. Estas eran las reflexiones inconscientes de nuestro antihéroe.

La legendariaVespino

Pero John, nuestro héroe del desembarco y la aventura en el viejo-nuevo mundo rico, seguía repartiendo energía -pepperoni, cebolla, masa gruesa o delgada, con o sin rúcula- por toda la ciudad. En su motocicleta -de la legendaria marca Vespino– no sólo entregaba la pizza, sino también una sonrisa cálida y tranquilizadora a aquella clientela atrincherada y asustada que no salía de casa. Para aquella clientela, si John llegaba con una caja llena de pizzas, y al entregarlas se quitaba el casco y las gafas, y se arremangaba el traje de protección solar para sacar el pedido y cobrar, quería decir que allí fuera, la vida continuaba. Él era la prueba irrefutable de que el mundo exterior seguía estando, existiendo. Y prueba más categórica y contundente no podía haber: el negocio de pizzas a Euro seguía funcionando.

Natalie, poco antes del KOBIDXLSUN, había intentado -sin mucho convencimiento- convertirse al veganismo. Era más por seguir la moda que por una seria preocupación por la dignidad de los animales, el bienestar del planeta o su salud. Básicamente, la mitad de sus amigas + una, se habían apuntado a ese vegetarianismo estricto que evita a toda costa el uso de productos y servicios de origen animal. No obstante, la llegada de la cuarentena, le había hecho reconsiderar más o menos seriamente su más o menos seria conversión -el hartazgo de tener que cocinar, el hecho de que nadie se iba a enterar de lo que consumía-, la llevó a tomar el camino más corto: pizza a domicilio sin complejos y con todos los complementos que se le ocurriera al telefonista.

Aquella tarde había hablado con su Jules, quién, con un tono melancólico y desengañado, le había contado todas las conversaciones con los personajes de su pasado -tema no muy apasionante para ella-, así que cuando llamó al 888 8888 para pedir su pizza a Euro, estaba harta del teléfono y se dejó engatusar con una oferta que por 3,75 Euros incluía “Pizza + cinco Alitas de Pollo + Pan de Ajo + Papas Crispy + Refresco de Lata” (“se puede cambiar por té frío” le aclararon…y ella contestó “Coca-cola grande, ¡y que no sea de dieta!)”. En fin, todo un recital de dieta mediterránea…el veganismo, mejor ni mentarlo.

Entre las melancolías de Jules y la vocecita y cantarina del que le había tomado el pedido de las pizzas, su humor se había nublado. Sin embargo, al cabo de un rato, un rostro fresco, exótico y simpático se apareció ante ella.

John, el astronauta en motocicleta, había tocado el timbre hacía un instante.