En las profundidades

relato (XI)

MA Asharret

Y en medio de la noche, Jules descendió a pulmón libre a las profundidades de la red, de la Deep Web. Tal vez, si hubiera sabido lo que se iba a encontrar, lo hubiera pensado dos veces. Pero cuando se encontró con lo que se encontró, ya era demasiado tarde.

Con su gin-tonic bien cargado, se dispuso a dar el salto y sumergirse. El gerente de tecnología e informática de su empresa, durante el funeral virtual de su jefe –ex jefe, ex todo ya- le dio unos consejos de cómo navegar en aquellas procelosas fosas digitales, muy similares a las marinas.

Esta actividad tenía una sorprendente similitud con lo que el diccionario define como buceo libre: deporte extremo, el cual tiene como base la suspensión voluntaria de la respiración dentro del agua -red diríamos aquí- mientras se recorren largas distancias o se desciende hasta grandes profundidades. Esta suspensión voluntaria -en este caso, con gin-tonic en mano- de la respiración es, asimismo, la base de una actividad milenaria y vigente como la pesca submarina a pulmón, practicada, por ejemplo, por las ama en Japón, por los bajau en Indonesia y Filipinas, y por los wayú en Colombia y Venezuela… ¿qué dirán de nosotros dentro de unos milenios?… si es que queda alguien, claro.

Y sigue la definición: “aunque, en un principio, pueda parecer entrenamiento físico, el deporte de la apnea se basa principalmente en la relajación mental del individuo, la buena alimentación e hidratación, el fomento de los reflejos mamíferos en humanos, y…”

Tenemos a nuestro Jules cumpliendo todos los requisitos.

Mazinger y

Sexybot

El trayecto lo inició en soledad, aunque durante la inmersión fue encontrándose con diferentes “sujetos”, reales o digitales, que tal vez ya son lo mismo, e interactuó con ellos. Muchos utilizaban nombres de usuario de lo más comúnmente raro: Mazinger, Rambo, Sexybot, Xavier66, trotskydigital, CansinoCansado, Blacksun…y claro, no podía faltar alguien que se hacía llamar KOBIDXLSUN. Llegó cruzar mensajes con un tal SanchoP, que ofrecía sus servicios de “escudero digital” y buscaba su don Quijote, no para “para desfacer agravios y enderezar entuertos”, sino para que le llevara en busca de aventuras para asaltar cuentas bancarias, en lugar de molinos de viento. Jules guardó el contacto.

El ambiente en aquellos túneles subterráneos y digitales, era entre tabernario y revolucionario. Se podía percibir la transgresión, la clandestinidad, el sabor antiguo de los sediciosos y conspiradores, la ambición desmedida y los sueños de grandeza, todo con un toque tremendamente contemporáneo: los nombres de los usuarios, el impulso nervioso de los dedos sobre el teclado, la pizza mordida al lado, las noches de insomnio en aquel universo prohibido… ¿y qué decir de la oscuridad y humedad gótica que impregnaba el ambiente mientras utilizaban códigos informáticos que las personas normales no entenderemos hasta el 2080?

El sabor a clandestinidad era muy sugerente. Jules llegó a un túnel con un cartel donde decía: CEMENTERIO. Empujó la verja con prudencia, y luego la curiosidad le empujó a leer una sucesión de mensajes mortuorios y de condolencias sin fin. Allí estaban todos los mensajes de pésame, y todos los archivos -en forma de lápida- de las personas que habían fallecido y en algún momento habían tenido un perfil en las redes sociales. Si se tecleaba el nombre del muerto en cuestión, se podía ver, por ejemplo, las fotos de sus vacaciones felices en el 2010, de cuando el muerto estaba vivo…y ahora esas fotos formaban parte de su panteón. No lo pudo evitar: se dirigió a la tumba digital de su exjefe, y allí estaba el muy cabrón. Y digo muy cabrón, porque Jules pudo encontrar la correspondencia que éste tenía con el departamento de recursos humanos aconsejando la reducción de salario, o incluso despido, de Jules, mientras este se encontraba varado en su isla.

Captó rápidamente el significado de todo aquello: desde las catacumbas digitales se podía acceder a todo lo que ocurría allá arriba, entre los vivos: mensajes, fotos, información bancaria… ¡Qué importaban los muertos!

Lo primero que le salió -por tacaño y chismoso a la par- fue echar un vistazo a la cuenta bancaria de Natalie, pues ella nunca le había querido decir cuánto ganaba ni cuánto había cobrado de la herencia de su tía Alice.

La sucesión de pantallas fue rápida: de la cuenta corriente -nada en particular, sólo la extraña costumbre de pedir comida a domicilio siempre a la misma pizzería-, a su correo electrónico, y en dos clics más, acabó en su WhatsApp.

Si los mensajes con un tal John eran ambiguos, entre sugerentes y tímidos; las fotos no daban lugar a dudas…esas dudas que le sembraron algunos personajes en su diálogo con el autor en la anterior entrega.

Nos estamos acercando.


Motín a bordo

relato (X)

MA Asharret

La noche seducía, no invitaba a sentarse y ponerse a trabajar, sino a divagar con un whisky en la mano y perderse en ensueños; sin embargo el editor, inflexible, ya me había advertido que no iba a aceptar más retrasos. También algunos lectores habían mostrado su descontento por no llegar las entregas el día acostumbrado.

Así que, venciendo la pereza y luchando contra la magia de la noche tropical, me preparé un café, alegrado con el prestigioso ron “El Abuelo”, y me dispuse a escribir la nueva entrega. Dudaba: ¿papel y pluma? ¿o pantalla y teclado?

Opté por la primera. No conozco el miedo a la página en blanco. Creo que se trata de un mito para darse importancia y misterio. Así que, armado con la pluma, el ron ensuciado con algo de café, y sin ninguna timidez y con pocas ganas, me puse a trabajar.

Nada más poner la plumilla sobre el papel, los dedos de la mano temblaron y unos garabatos aparecieron sobre el papel. Algo movía la mano contra mi voluntad. Traté de dominarla, pero se resistió. Puse firme mi antebrazo, apreté la pluma con fuerza, pero, aun así, ignorando el dictado de mi cerebro y mi energía, la mano, trémula, obedeciendo tal vez a algún espíritu, alcanzó a completar esta línea:

-Estoy harto de dar vueltas en moto repartiendo pizzas-dice John malhumorado

Escribía en presente simple, utilizando el modo indicativo. La mano, se quedó quieta, como esperando. Probé a ver si me obedecía, y se dejó llevar. Y entonces pregunté:

– ¿Cómo?

-Sí, que estoy harto. Me presentaste como un héroe, y hasta ahora no he hecho más que recorrer la ciudad en una motocicleta disfrazado de astronauta. Y con la chica, la que debería ser la heroína, nada de nada. Utilizar su baño y ya. Me tienes harto.

Esta vez apenas me dio tiempo a replicar, ya que casi inmediatamente, la plumilla saltó a otro renglón:

-Hablando de heroínas, a mí también me tienes harta. Me presentas como una “jovencita” frívola, insatisfecha, y poco me falta para parecer una viciosa.

No hace falta que os aclare que era Natalie quién esto decía. La mano reposó de nuevo, a la espera de que yo retomara el control. Y no desaproveché la oportunidad:

-No, pero no es eso. Le estoy tratando de dar un matiz existencial, clásico diría yo, y por eso hice referencias a la caída del imperio romano, la muerte, el sexo, etc.

Inmediatamente, irritada, la mano retomó la escritura sin dejarme continuar mi argumentación:

-Déjate de tonterías, no te hagas el intelectual. Estás muy lejos tú de los clásicos…a ver si te acabarás pareciendo a Jules, siempre ensimismado en sus mundos-Rosa no se ha podido reprimir.

La mano y

la plumilla

La mano había cogido ritmo, y ya no la podía frenar.

– ¡Eh! ¿hablabais de mí? He oído mi nombre…pero estaba en internet y no puse atención – dice Jules incorporándose a la conversación

-Pues si vosotros os quejáis, ¿qué no he de decir yo? –ahora es Jeremiah, Abdelmalek Abubakar, quién, con el ceño fruncido y cara de malas pulgas, toma la palabra- Mi personaje sí que prometía: venía de un país exótico, tenía ideas revolucionarias, iba a hacer un gran atentado…todos grandes elementos para una gran trama. Y, ¿qué has hecho? Nada. Absolutamente nada. Dejarme en la cocina de la casa donde vivo con el supuesto “héroe”, y describirme como un loco sin ton ni son. Estoy harto de estar en la cocina sin nada qué hacer. Y para colmo, el “bueno” de John, el “héroe”, llegando por las noches con su cara de buena gente y suspirando por su Dulcinea, esa que se atiborra de pizzas…

– ¡Alto! ¡Alto! ¿Qué os habéis pensado? –tuve que subir el tono de voz, sino, aquello se salía de madre- No os pongáis así; no todo puede ser a gusto de todos. Y, además, aquí mando yo, que para algo me inventé la historia.

-Ja ja ja- contesta espaciosa, e irónicamente Rosa- Aquí mandas tú, como si esto fuera una pizzería, y tu su dueño, como yo soy de la mía. Mira, aquí no estás solo, esto es mucho más complicado. Y no sólo estamos nosotros. Los lectores también tienen su opinión, si es que los tienes, claro. Por cierto, ¿puedes asegurar que hay alguien que está leyendo tu historia? Tal vez sí que estás más solo de lo que crees-no hay duda que ha heredado la mala leche como de su bisabuela, doña Rosa.

En mi cabeza asomaron las palabras de una amiga lectora que me daba ánimos…y pensé, ¿será mi única lectora, aparte de mi mujer? Y mi mujer me lee porque no le queda otro remedio, que sino…

Mientras le daba vueltas al tema de quién estaría leyendo, la mano volvió a deslizar la plumilla:

-Lo cierto que mi papel tampoco es nada agradecido, y, de hecho, estoy también harto de estar en la isla. Ya me podrías conseguir un vuelo humanitario y sacarme de allá. Por cierto, ¿qué es esto de pones a Natalie como una viciosa? No lo sabía. Ojo con cómo la tratas. ¿Qué es lo que has escrito? Me temo que últimamente me paso demasiadas horas en internet y no me entero de lo que está pasando en el mundo, en el relato…Bueno, me enteré de que enterraste a mi jefe. No me molestó demasiado.

Solté la pluma, para así poder tomar un respiro.

Yo siempre había creído que Jules era uno de los personajes más prometedores, y ahora parecía que languidecía. Algo habría que inventar. Ya un amigo devoto de las series de televisión, me dijo que la trama iba perdiendo fuerza. “No estoy escribiendo una historia para Netflix –le espeté algo airado-, y creo en la fuerza de los personajes es la que saca una historia adelante”. ¿Quién era el personaje-fuerza? ¿Jules? ¿Natalie? ¿John? ¿otros? Esto no te toca a ti, lector. Es mi decisión, mi poder. Aunque me quede solo, como apunta Rosa.

La mano, retomó otra vez:

– ¿Cómo puedes pretender que en esto que llamas capítulos, que apenas tienen 900 palabras, plasmar la psicología de un personaje? Con textos tan cortos, no de da ni para empezar. No hay ambientación, no hay desarrollo psicológico de los personajes, todo se queda en la insinuación.

Enseguida vi de quién se trataba:

-Disculpe Sr Dostoievski, pero es que estamos en otra época, en el S. XXI, y la gente no está para grandes descripciones. Las ambientaciones las pueden ver en televisión; hoy, la gente lee un artículo en el teléfono, una novela en el libro electrónico, una revista en el baño, el diario en la tableta, decenas de correos electrónicos…y van saltando de una lectura a otra como una rana va saltando de hoja en hoja en el agua, para no caer en ella. Nadie quiere caer en la profundidad de una lectura larga, de los personajes complicados, de las descripciones detalladas… La gracia es surfear, no caerse en el agua, y estar un poco en todo y en nada al mismo tiempo. Mi obra es un reflejo de mi época.

-No digas tonterías, hijo -interrumpe Dickens- Si la historia es buena, puede ser todo lo larga que quieras. Y sino, mira el número de páginas en las listas de los libros más vendidos.

-No pretendo escribir un “best-seller” –respondí todo digno.

Aquí la carcajada fue general: Mark Twain, Tolstoi, Dickens, Dostoievski, Kundera, Julio Verne, Cela…reían y reían. Esto lo podía leer yo en la página que apenas había estado unos segundos en blanco.

Soliviantado por tanta revuelta -personajes, autores favoritos- no pude reprimir un:

– ¡C…! ¡Que os den por c…!

Cela, compadecido por mi, y en defensa del verdadero dueño de la mano, sentencia: “Un carallo a tiempo es una victoria dialéctica”

Apareció mi secretario pidiéndome el capítulo de la décima entrega.

Le entregué este texto y le dije: dile al editor que este es un no capítulo. Pero sí una entrega.

La semana que viene, capitulo X.


Regiones prohibidas

relato (IX)

MA Asharret

Poco antes del atardecer, a Jules le sonó el WhatsApp de la oficina: acaba de morirse su jefe debido al KOBIDXLSUN. Le había cogido totalmente por sorpresa. El compañero de trabajo que se lo enviaba, le decía que de momento era una información confidencial, y que en un rato recibiría un correo electrónico de la empresa informando sobre el deceso.

Efectivamente, al cabo de unos minutos, llegó el correo. En él, el Director General de la empresa explicaba que no se había informado previamente a ninguno de los empleados de la enfermedad del supervisor de Jules, porque así lo había querido él. Se daba el pésame a la familia, se resaltaba lo buen profesional que había sido -como si aquello fuera algo relevante en aquellos momentos, independientemente de que tenía la gracias de combinar perfectamente la incompetencia con la arrogancia- y en fin, se le daba tratamiento casi como héroe de guerra. Ya sabemos todos que, una vez terminadas las pompas fúnebres, viene aquello de “el muerto al hoyo, y el vivo al bollo”.

Sentado en la cama, Jules se preguntaba cuanto tiempo iba a durar aquello -ya llevaba casi cuatro meses encerrado en la habitación con vistas-. Su situación profesional era incierta: le habían rebajado un 25% el sueldo, cancelado las dietas de viaje -aunque le seguían cubriendo la estancia en aquella habitación de la que no podía salir-, y había recibido mensajes no tan subliminales de su difunto jefe de que tal vez cuando regresara, le tendrían que cancelar el contrato. Al jefe, que al transmitir este mensaje siempre utilizaba un tono misterioso, como dando a entender que sabía más de lo que decía, y disfrutaba viendo a Jules revolcarse en la incertidumbre, la vida le había cancelado un contrato más importante…

La muerte se había convertido en una vulgaridad. La muerte, para el que la vive -es decir, el que se muere- es tan importante como el nacimiento. Inicio y punto final. A no ser que haya algo más después, pero eso por el momento, tanto Jules como la mayoría de los mortales lo ignoramos. Y no está el jefe de Jules para explicárnoslo con su tono misterioso.

Deep

Web

La muerte en tiempos de paz es algo muy serio, y en todas las civilizaciones hay ritos funerarios cuando alguien se muere. En tiempos de guerra, la muerte, aunque se masifique y no siempre haya tiempo para proceder con los ritos, mantiene su solemnidad, ya que es parte fundamental de una tragedia individual y colectiva.

Si embargo, en tiempos de KOBIDXLSUN, la muerte se había convertido en otra cosa: los medios de comunicación -periódicos, radios, televisión, redes sociales…- sacaban estadísticas y datos sobre el número de fallecidos con tremenda frialdad, casi frivolidad. La forma de presentar las estadísticas sobre el número de muertes en cada país se parecía más a la clasificación de equipos en un Mundial de fútbol que a los miles de dramas individuales que suponía aquello. Como si la sombre del infame Koba, Stalin –“el padrecito de los pueblos”- se hubiera alargado, los medios se habían amoldado perfectamente a aquella célebre frase que se le atribuía: «La muerte de un hombre es una tragedia. La muerte de millones es una estadística». Mientras reflexionaba sobre esto, se daba cuenta que estos pensamientos, si hubieran sido compartidos durante una reunión de amigos en los años 30 del S.XX, en la URSS, le hubieran llevado directamente al gulag…mejor estar en la habitación con vistas.

Como colofón a sus alegres meditaciones, Jules recordaba una estadística que le había llamado la atención -a través de las redes la gente compartía cifras de lo más extrañas- la siguiente información: cada día nacen 372.960 personas y mueren 155 520. Saldo neto diario: 217.440. Es decir, cada año tenemos una Alemania, o un a Turquía nueva.

El KOBIDXLSUN tenía trabajo que hacer si quería evitar el desastre medioambiental del planeta.

En estas reflexiones no muy convenientes andaba Jules, y ya el sol se empezaba a poner.

Se preparó un gin-tonic bien cargado, mientras la redonda anaranjada caía sobre el horizonte dando al mar una luminosidad centelleante, y se sintió de nuevo atraído por las profundidades…no del mar, sino de la red, de la mítica “Deep Web”.

Allá, uno se mezclaba con bots, sombras digitales, alter egos, trasuntos, usuarios que se habían inventado a sí mismos a su gusto y medida. Eran las auténticas catacumbas del S. XXI, y a uno no se lo iban a devorar los leones, como a los cristianos en tiempos de Nerón. Lo peor que podía pasar era ser olvidado, diluido, o bloqueado, entre el infinito número de sujetos digitales, lo cual, comparado con ser devorado, no es tan doloroso.

A través de las llamadas “arañas” (“web crawlers” en inglés), Jules accedía a bases de datos que habían sido generadas e indexadas previamente, y entonces ingresaba a una región prohibida, mística, de internet, en ocasiones conspirativa, a veces peligrosa…

En esos mismos instantes -esos en los que se eligen caminos sin ser consciente de ello-, Natalie ingresaba en otra región prohibida: se masajeaba los pechos con aceite frente a la cámara, haciendo suspirar de deseo a unos de sus admiradores. No buscaba sexo. Era una distracción, era romper ya no sólo con al aburrimiento, sino con aquella pausada indeterminada que llevaba a ninguna parte. Definitivamente, si a ella le hubiese tocado vivir la caída del imperio romano o el hundimiento de Berlín en 1945, habría participado en una de aquellas orgías desesperadas que celebraban la vida y la muerte al mismo tiempo. Algo que probablemente, solo se puede hacer en el ocaso, individual o colectivo.

Pero en tiempos de KOBIDXLSUN, no había espacio para tanta solemnidad y tragedia. Todo era mucho más vulgar, como la muerte en tiempos de KOBIDXLSUN.


C5H4N4O3

relato (VIII)

MA Asharret

Como decíamos, John llevaba su pizza, sin saberlo, a Natalie.

Mientras John aparcaba la moto, Natalie colgaba la llamada con uno de sus admiradores anónimos. Se sentía extraña, algo aturdida.

Lo de siempre: ring ring

– ¿Quién es? -preguntó, sabiendo que sólo se podía tratar del pizzero.

-Le traigo la pizza que ha pedido-contestó John dando saltitos sobre su pierna derecha. La próstata presionaba.

-Suba por favor- y Natalie abrió el portero automático. Además de saciar el hambre, contaba con que la pizza le calmaría la ansiedad producida por la última llamada.

Al ver que el ascensor estaba averiado, John subió atropelladamente las escaleras ya que la orina pedía paso. Natalie había dejado la puerta entreabierta mientras se “adecentaba” -tras esas conversaciones con personajes desconocidos, siempre le quedaba un extraño sabor, como de algo no limpio, casi indecente…

Al salir de la habitación y ver a John en el umbral, se quedó pasmada, pero reaccionó con rapidez y pudo fingir cierto aplomo:

-Espere un momento por favor-le indicó con amabilidad mientras iba en busca de la billetera.

John no estaba para momentos. No podía más. Sabía que sólo podría orinar en la calle, clandestinamente, pero no estaba seguro de que le fuera a dar tiempo de encontrar un rincón apropiado -en estas situaciones, siempre hay que encontrar un rincón “apropiado”- para desabrocharse el traje de astronauta, y, discretamente mear en una esquina de aquel barrio “cool”.

El ácido úrico le dio una orden inesperada al cerebro:

-Disculpe, ¿me permitiría usar el baño? – preguntó, agachando la mirada.

-Sí, claro. Aquella puerta, a la derecha – contestó ella con disimulada turbación y sorprendida por el pedido.

Un alivio

diferente

Aquella pausa fue un alivio para los dos. Diferente alivio, naturalmente: el de John, cualquier ser humano lo puede entender; el de Natalie se debía a la extraña combinación de la bajada de tensión tras el inicial pasmo por el reencuentro con el pizzero -el del brazo musculoso, recio, potente-, con el sentir una presencia real, no digital, tras muchas semanas de aislamiento. Inopinadamente, se esfumaron sus sentimientos previos de “indecencia”.

Salió renovado y tranquilo del baño, con la cara fresca y las manos con olor a jabón de lavanda. Su expresión transmitía agradecimiento, bienestar -al echar una mirada a la coqueta decoración, no pudo evitar compararlo con la cocina compartida de su piso-, aunque no dejaba de sentir cierta incomodidad en aquella situación. A Natalie se le veía alegre, luminosa.

-Muchas gracias-dijo él con ademán de irse.

-Espera, todavía no te ha pagado la pizza.

Mientras John se agachaba para recoger el casco que, junto al traje de astronauta y la caja de las pizzas, había dejado en el umbral, sonó la llamada de Jules en el ordenador. Natalie descolgó y le dijo que esperase -otro “espera” en menos de tres segundos…

Mientras le acercaba los billetes con una generosa propina, la cámara del ordenador se activó, y Jules alcanzó a vislumbrar la sombra de un hombre en el apartamento.

Cuando iniciaron la conversación, ella transmitía alegría, y tal vez, algo más. Él no se atrevió a preguntar.

La relación entre Natalie y Jules había entrado ya la etapa que podríamos denominar “montaña rusa”. La gente se enamora rápidamente, buscando ese absoluto que la vida nos niega, pero, cuando la relación entra en crisis, tarda mucho en desenamorarse, o, para ser más preciso, en desengancharse – “desapegarse”, que dirían los maestros de los libros de autoayuda. Al hombre y a la mujer, que son animales de costumbres, si no empieza algo nuevo y rompedor, les cuesta mucho desacostumbrase de la cotidianidad: hablar de los mismos temas por las noches, criticar a los vecinos, y todas aquellas cosas que forman parte de la intimidad compartida. Por eso esa famosa y gran frase: “un clavo quita otro clavo”. Y si no llega ese clavo, la crisis se alarga, la relación agoniza, se arrastra por insondables vericuetos, sube y baja como una montaña rusa, hasta que llega el salvador o salvadora, es decir, una tercera persona -¡bienvenida!-, y entonces ya todo se derrumba. Natalie y Jules habían entrado en esta espiral, que puede durar semanas, meses, o años.

Rosa, la cajera y dueña de la pizzería, disfrutaba – llena de sí misma- con sus cálculos de beneficios y proyecciones a largo plazo en caso de que el KOBIDXLSUN se extendiera en el tiempo. Todos estos avariciosos -y aviesos- cálculos, los realizaba bajo la severa mirada de una señora que la observaba desde la foto antigua colgada en la pared de su “despacho” -un diminuto cubículo sin luz natural- en la pizzería. En la puerta del despacho, había un cartelito donde se podía leer “Directora General”.

La dueña de esa severa mirada no era otra que doña Rosa, aquella que iba y venía entre las mesas de su Café, en el Madrid de los años 40, tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa decía con frecuencia “leñe” y “nos ha merengao”, expresiones que hoy suenan anticuadas y disparatadas. Había quién decía que a doña Rosa le brillaban los ojillos cuando venía la primavera y las muchachas empezaban a andar de manga corta. Sí, Rosa, era la bisnieta de la mítica doña Rosa del Café de la novela “La colmena” de Camilo José Cela.

En tres generaciones se había pasado de un Café en Madrid a una pizzería de a 1 Euro en una ciudad no menos importante, lejos de aquellos fríos inviernos y aquellos ardorosos veranos. Es esta una larga historia que, quizás, otro día y en otro capítulo, la podamos contar.

Era en el despacho de la Directora General donde John rendía cuentas al final de la noche, tras la entrega de la última pizza. Y mientras rebuscaba en su traje de astronauta los últimos centavos para que su jefa cuadrara la caja, no podía quitarse de la cabeza la imagen de aquella clienta simpática, con una expresión alegre y luminosa…que le inspiraba, tal vez, algo más.

Ya no era el C5H4N4O3 -la fórmula del ácido úrico- lo que le hacía dar saltitos sobre su pierna derecha.


Recetas para la desesperanza

relato (VII)

MA Asharret

No estoy seguro de si recordáis que el último capítulo terminaba con este párrafo:

“Jules buscaba historias del pasado que le alejaran del KOBIDXLSUN, Jeremiah terroristas que le acercaran al paraíso terrenal por llegar, Natalie un hombre de carne y hueso que le distrajera…”

Y claro, el lector o lectora avezada, pensará: “Ya lo tengo: John se lía con Natalie”. ¿Tan naif y sencillo creéis que es quién esto escribe? Pues tal vez sí…o tal vez no.

Nuestras vidas están llenas de límites, algunos presentados en forma de contratos, amenazas -unas más disimuladas, otras más explícitas- compromisos adquiridos -algunos escogidos, otros no- y otras muchas líneas rojas más o menos visibles.

Sin embargo, el autor de un relato tiene el derecho fundamental de escribir lo que le dé la gana -al fin y al cabo, hasta aquí, paciente lector, no has tenido que pagar un céntimo-, y una obligación crucial: no aburrir. O al menos, no abusar de la paciencia de quién le lee.
Así que volvamos al relato, tanteemos esos límites:

Tras ya más de cien días de confinamiento, la gente oscilaba entre la adaptación -ya sabemos que el ser humano, además de depredador, es el superviviente máximo por excelencia- y la desesperanza.

La desesperanza puede adoptar formas muy distintas dependiendo de en quién se instala. Algunas personas se abandonan al destino y otras toman decisiones radicales e intuitivas. La cara y la cruz de la misma moneda.

El remedio:

ALFASUN

La noticia de aquella semana fue que el presidente famoso de un famoso país se había hecho con las reservas mundiales de una crema que podía servir para mitigar los efectos del KOBIDXLSUN. Aunque la comunidad científica no se había puesto de acuerdo sobre cuál era la causa de aquella pandemia -un virus proveniente de un animal, la luminosidad solar o el polvo de estrellas, la capa de ozono, etc.- él tenía claro que se trataba de una enfermedad que empezaba por transmisión cutánea, por lo tanto, había adquirido las reservas mundiales de AlfaSun, un compuesto de óxido de zinc combinado con esperma de toros bravos que parecía mitigar los efectos del KOBIDXLSUN.

Los analistas políticos consideraban aquella jugada como un síntoma claro de que el famoso aprendiz de presidente consideraba que la solución -en forma de vacuna o lo que fuera- estaba lejos, y que su baja popularidad en las encuestas, al igual que la mayoría de gobernantes en el mundo, le empujaba a tomar medidas desesperadas para fingir que tomaba la delantera frente a la crisis.

Mientras tanto, Jules, en su inconsciente abandono, perseveraba en su fuga sostenida de la realidad y había empezado a teclear en su computador palabras como “zares”, “Ekaterimburgo”, “revolución”, “Trotsky”, “escritores rusos” …y de clic en clic acabó entablando conversación con gente extraña que le invitaba a reuniones clandestinas en plataformas encriptadas. Naturalmente, los participantes utilizaban perfiles misteriosos, extraños seudónimos y cada quién compartía su particular visión del mundo. Y aquellos mundos eran mucho más emocionantes y apasionantes que las rutinarias llamadas con Natalie, donde ya quedaba muy poco en común.

Ella había asumido que encontrar a alguien de carne y hueso con quién hablar -y tal vez retozar -más allá del pizzero, que, por cierto, nunca era el mismo, iba a llevar su tiempo. Así que inició también su vida social paralela en internet. Se creó un perfil falso, se autorretrató seductoramente y colgó las fotos, tras difuminarlas un poco, en las redes menos convencionales (o más convencionales, según como se mire). En ellas mostraba su parte, digamos, más gamberra. Lo que la sorprendió fue, no tanto la cantidad de personajes que la querían contactar, sino el placer que sintió al hablar con algunos de ellos. La excitación mal disimulada de los que le habían pedido que pusiera la cámara al hablar, el anonimato de ella y el sentirse dueña de sus pulsiones, el traspasar una de aquellas líneas -los límites de los que hablábamos- le abrió un universo. Y le gustó.

Rosa, la dueña y cajera principal de la pizzería donde trabajaba John, estaba superada por los pedidos. Desde la aparición del KOBIDXLSUN, el negocio había crecido, porcentualmente, casi tanto como Amazon… No daba abasto con la demanda. Desde su pequeño local, entre humos, sudores y gritos, se repartían casi mil pizzas diarias. Cada noche, tras más de dieciséis intensas horas de trabajo en las que daba instrucciones, reñía y vociferaba, como buena gobernanta que era, a repartidores, cocineros y telefonistas, se dedicaba a hacer números de cuánto había ganado aquella jornada. Y especulaba con la duración de la pandemia: cuánto más, mejor.

John llevaba en su motocicleta doce pizzas, y aunque él todavía no lo sabía, una de ellas tenía como destino final el paladar de Natalie.


La búsqueda

relato (Vi)

MA Asharret

Espero que el lector recuerde que el último capítulo terminaba con el visionario párrafo de Dostoievski en “Crimen y castigo”. Vistas las cosas desde el siglo XXI, no dejar de ser estremecedor dicho párrafo.

Pero el que estaba estremecido de verdad era Jules: se sentía en la habitación del hotel tropical -haced memoria: vistas al mar, televisión, Netflix, aire acondicionado, celular, ordenador, wifi…- como el trágico protagonista de la novela, Raskólnikov, angustiado en su pequeña, pobre, fría y sucia habitación de alquiler en la capital de la Rusia Imperial del siglo XIX, San Petersburgo. Todas estas lecturas de la Rusia zarista y revolucionaria lo empezaban a afectar, aunque todavía fuera capaz de disimularlo, de una forma no muy diferente a cómo las novelas de caballerías trastornaron a Don Quijote. Y esto, en la realidad digital que tan abrumadoramente se había impuesto desde la aparición del KOBIDXLSUN, era sumamente peligroso.

En sus conversaciones con Natalie, trataba de no hablar de sus pensamientos y obsesiones, pues era consciente que la iba a aburrir; pero entonces la conversación decaía, y los lugares comunes -qué has comido, qué haces, cómo te sientes, qué tal has dormido- no hacían sino aumentar la sensación de que algo se iba deshaciendo entre ellos. Una agonizante inercia empezaba a tomar velocidad.

Lo habían hablado civilizadamente -lo cual denota cierta falta de pasión y excesiva madurez- y los dos lo habían adjudicado al confinamiento y la distancia provocada por la pandemia. Y es que eran muchas las personas que se escudaban en el KOBIDXLSUN para no enfrentar los problemas, aunque el KOBIDXLSUN no había hecho más que exacerbar situaciones preexistentes. Aún así, probaron de todo: sexo virtual, un “party” con sus amistades, cocinar juntos…pero todo había resultado impostado, forzado, y sobre todo, soporífero.

Zoomeando

Era mucha la gente que organizaba eventos similares, particularmente reuniones -con la familia, con los amigos- pero lo cierto es que para la gran mayoría, tras la novedad inicial, esta forma de relacionarse, y sobre todo después de pasar tantas horas frente a la pantalla y “zoomeando” en su vida laboral, ya no era lo que les pedía el cuerpo.

Sin proponérselo, cada uno empezó a construir su universo. Jules creó un nuevo perfil en las redes sociales y empezó a buscar congéneres a través de las palabras “revolución”, “historia de Rusia”, “Nicolás II”, “Alejandro III”, “Trotsky”…

Natalie se enfocó en su vida profesional y en hacer pilates. Y como ella era la sociable de la pareja, asumió como obligación el mantener al día a las amistades -el estar en la misma zona horaria también ayudaba- y de alguna manera, proteger y cuidar, socialmente hablando, a Jules. Es decir, ya que Jules había desaparecido de la vida social, ella hablaba de él, se inventaba cosas sobre su vida confinada en la isla, y justificaba sus ausencias alegando problemas de conexión. Jules no era consciente del enorme trabajo que ella hacía al respecto.

Y mientas, nuestra otra pareja -John y Jeremiah- seguían cada uno a lo suyo. Cada mediodía, bajo un sol primaveral espléndido, John salía con su traje de astronauta hacia la pizzería. Del mismo modo, cada día, bajo el fosforescente de la cocina, Jeremiah le había vuelto a hablar de su proyecto de revolución mundial y de que era el momento propicio para golpear a la gran masa consumista y descreída a través de un ataque terrorista biológico, desde el mismo corazón del mundo burgués capitalista, agnóstico y escéptico -¿se refería a la empresa de pizzas a domicilio?- …en fin, mejor no seguir con este delirio. Los de Fiódor Mijáilovich Dostoyevski resultan más interesantes.

John no sabía de qué vivía Jeremiah ni a qué dedicaba su tiempo -suficiente tenía con ocuparse de sus propias cosas- pero lo que jamás llegó a imaginar era que el verdadero Abdelmalek Abubakar estaba montando una red de acólitos a través de los medios digitales desde la misma cocina que compartían por las noches.

Natalie había terminado su clase de pilates en línea, y tras tanto ejercicio y tanta mujer -curiosamente, la mayor parte de practicantes de pilates son mujeres- le apetecía comer algo tóxico y ver a un hombre de verdad. Y, cómo los más avezados lectores ya se pueden imaginar, no pensó en llamar a Jules, sino que lo primera imagen que le vino a la cabeza fue el pizzero vestido de astronauta.

Jules buscaba historias del pasado que le alejaran del KOBIDXLSUN, Jeremiah terroristas que le acercaran al paraíso terrenal por llegar, Natalie un hombre de carne y hueso que le distrajera…


Delirio

relato (V)

MA Asharret

La bola del mundo seguía girando, el sol salía y se ponía, unos días llovía y otros no, pero ya nada era lo mismo desde aquella tarde de marzo. La mayor parte de la humanidad vivía encerrada en su casa atemorizada por el KOBIDXLSUN, fenómeno sobre el que los científicos no lograban ponerse de acuerdo: unos decían que se trataba de un parásito que se transmitía a través de los rayos solares, otros decían que se trataba de un virus altamente contagioso que provenía del lejano oriente, había quien lo adjudicaba al agujero en la capa de ozono…y no tardaron en aparecer Nostradamus de todo pelaje para augurar el fin del mundo en sus diferentes formas y variedades.

Científicamente, era inexplicable que KOBIDXLSUN afectara solamente al género humano, pero no al resto del reino animal. Al no resolver la ciencia todas estas preguntas, desde las diversas ramas del inmenso, pero limitado, conocimiento humano, se buscaban respuestas. Algunos matemáticos apelaban a la “inmunidad oscura”, porque, al igual que la “materia oscura” que ocupa el 85% del universo, sabemos que existe por sus efectos, por no sabemos qué es…Sin embargo, siendo esta una de las hipótesis más optimistas, era de las que más desespero y confusión producía ya que, ¿qué hacían confinados en casa si a lo mejor pertenecían a ese 85%?

El tema es que la gente sufría: los padres y madres trataban de proteger a sus hijas e hijos de aquella realidad abrumadora, dándoles esperanzas infundadas y pretendiendo cierta normalidad. Los políticos trataban de salvar el mundo, sabiendo que ya casi nada dependía de ellos; los iluminados y vendedores de paraísos trataban de salvar las ánimas y hacer su agosto -se fuera o no a acabar el mundo, pues la avaricia no tiene límites-; y los científicos investigaban e investigaban, sin descanso, a veces sin fe, pero no dejaban de trabajar para tratar de salvarnos a todos.

Una revolución

mundial

John llegó agotado a su casa compartida con sus otros compañeros. Encendió el televisor, y justo cuando iban a empezar las noticias, apareció Jeremiah con su obsesiva perorata: su proyecto de revolución mundial.

El verdadero nombre -si es que tenía un nombre verdadero- era Abdelmalek Abubakar. Desde que había cruzado el mar y llegado al rico y feliz país de Natalie y Jules, se hacía llamar Jeremiah, nombre que le parecía que sonaba profético y al mismo tiempo le recordaba al soldado Jeremiah Johnson, personaje interpretado por Robert Redford en un western de los años 70.

¿Cómo había llegado Jeremiah hasta el piso compartido de John? Ni la CIA lo sabía, ni sabía que de hecho estaba en la ciudad de Natalie. Lo que tampoco sabía la CIA y otros servicios de inteligencia occidentales, además del ruso y el chino, es que Abdelmalek Abubakar había nacido en una aldea rural donde la escuela era manejada por un grupo evangélico de los EEUU, gracias al cual llegó a la universidad, y allí, fascinado por los grupos terroristas de aquellos años, en la coctelera -“Shaken, not stirred”- mezcló ideas, intuiciones, películas de aventuras y frustraciones, con algunas de las cosas que se aprenden en las aulas y en los bares. Y fue así como se erigió en el líder de un movimiento que aspiraba a una revolución evangélico-trotskysta-islamista.

Hasta aquel día, Jeremiah sólo le había hablado a John de sus ideas, pero no de su proyecto. Sin embargo, dado que consideraba que el KOBIDXLSUN era una señal inequívoca de que era el momento adecuado para iniciar la revolución, abordó a John mientras estaba viendo la televisión de la cocina en calzoncillos. Aquella noche, le desveló su gran proyecto: un ataque terrorista para iniciar el asalto al poder.

Crimen y

castigo

Jeremiah quería desatar un ataque terrorista biológico a gran escala. Del mismo modo que el soldado Jeremiah Johnson había exterminado indios en su western, Jeremiah exterminaría occidentales en los tiempos del KOBIDXLSUN. ¿Cómo? John sólo tenía que inyectar partículas de luz solar en la masa de las pizzas, y así, a cada pizza repartida, un enemigo menos de la revolución.

Mientras John escuchaba este delirio, no dejaba de pensar en aquella mujer joven, con una cara redonda y bonita, que le había recibido la pizza con una sonrisa encantadora que no lograba ocultar cierta ansiedad, ¿quería él que aquella sonrisa encantadora desapareciera? ¿era ella enemiga de una revolución que ignoraba?

-Estás delirando-le espetó John a Jeremiah.
-Aún estás a tiempo de sumarte a la revolución, camarada. Y si no, asume las consecuencias- contestó en tono admonitorio Abdelmalek Abubakar.

Jules, en su isla, inmerso en su mundo ruso, leía una de las últimas páginas de “Crimen y castigo”:
“Rodión Raskólnikov permaneció en el hospital todo el final de la Cuaresma y la semana de Pasión. Ya restablecido, recordó sus sueños, cuando aún tenía calentura y el delirio. Soñó, en su enfermedad, que todo el mundo estaba condenado a ser víctima de una terrible, inaudita y nunca vista plaga que, procedente de las profundidades de Asia, caería sobre Europa. Todos tendrían que perecer, excepto unos cuantos, muy pocos, escogidos. Había surgido una nueva triquina, ser microscópico que se introducía en el cuerpo de las personas. Pero estos parásitos…”


En su mundo

relato (IV)

MA Asharret

Nos habíamos quedado en que Natalie abría la puerta a John, y mientras éste – con “una sonrisa cálida y tranquilizadora”, que nos decía el autor- se arremangaba el brazo -¡qué brazo!: musculoso, recio, potente, suficientemente peludo pero sin exagerar, de un tono oscuro que magnetizaba- para entregar la pizza y devolver el vuelto, ella se quedaba obnubilada, sin saber si mirar aquel rostro que le inspiraba confianza y optimismo, o aquel brazo que transmitía fuerza y seguridad.

Y mientras devoraba la pizza y recreaba en su imaginación aquel brazo, John llevaba el último pedido de su turno de noche a otro domicilio -¿cómo sería el portal? ¿tendría que subir escaleras o habría ascensor?- atravesando la desértica ciudad en su Vespino. Tras esta última entrega, por fin podría ir a descansar, sacarse el traje de astronauta, cenar algo en la cocina del piso compartido con otros cinco migrantes y ver la televisión un rato…siempre y cuando no tuviera que escuchar la cantinela de Jeremiah, del que hablaremos en un futuro no muy lejano (los siete días que tarda en llegar la siguiente a entrega a las manos del dedicado lector).

Los últimos

zares

A nueve horas de distancia, contando hacia atrás, en la isla de Jules no faltaba mucho para que iniciara el atardecer. Nuestro antihéroe ya había empezado a perder el sentido del tiempo, y su único referente horario eran las llamadas con Natalie, -a las siete y media y dos y media en punto. Las horas transcurrían difusas entre correos electrónicos que hacían referencia a una realidad paralela y casi ficticia, y largos lapsos de tiempo navegando sin rumbo por internet o tratando de encontrar algo en la televisión, no sabía qué, que le sacara del amodorramiento. Como un velero en plena calma chicha, su única esperanza era que llegara un soplo de viento que lo moviera hacia algún lado, el que fuera, pero que inflara, por poco que fuera, las velas de su adormecido espíritu. ¡Qué metáfora!

Y fue en esa desesperada calma chicha -seguimos con la metáfora- combinada con el tecleo nervioso del mando a distancia del televisor, cuando en Netflix descubrió algo muy importante, algo que, sin saberlo, le iba a cambiar la vida…al menos durante los tiempos del KOBIDXLSUN.

La serie se llamaba “Los últimos zares”. Harto del clima tropical, del aire acondicionado -que es realmente el clima tropical en los tiempos modernos-, de las vistas desde su habitación al mar caribe y la playa del hotel que tenía prohibido pisar, aquella serie lo atrajo para cambiar de paisaje, de contexto mental, y de ambiente. Y si cambiaba todo eso -el paisaje, el contexto mental y el ambiente-, tal vez en ese nuevo mundo, la vieja Rusia, no habría KOBIDXLSUN.

“Los últimos zares” relataba la resistencia del zar Nicolás II a los vientos de cambio -seguimos con los metafóricos vientos- que terminarían encendiendo la chispa de la revolución que arrasaría Rusia a principios del siglo XX, y que acabaría con la dinastía de los Romanov, fundada en 1613. Casi nada.

Pero había una razón más profunda, de la que él no era totalmente inconsciente, bien arraigada en su pasado familiar: sus bisabuelos paternos habían sido rusos blancos, de aquellos que desafiaron a la revolución bolchevique, y que, tras ser derrotados por el camarada León Trotsky -el ínclito “Comisario del pueblo para la Defensa​ y presidente de la Junta Suprema de Defensa”- se exiliaron adonde pudieron.

CR7

La abuela de Jules, llamada Anastasia en honor a una de las zarinas, acostumbraba a recordar -con el fin de darse importancia- que sus padres se habían embarcado con el príncipe Félix Félixovich Yusúpov, conde Sumarókov-Elston (en ruso, Фéликс Фéликсович Юсýпов) uno de los artífices del asesinato de Rasputín, en el buque de guerra británico “HMS Marlborough”, que zarpó de Yalta rumbo a Malta en 1919.

Dicha historia era difícil de creer para Jules y su familia; pero la abuela la contaba tan llena de detalles pintorescos sobre el pasaje de la nave inglesa -que incluía a la emperatriz viuda María Feodorovna y otros miembros de la Familia Imperial Rusa, incluido el Gran Duque Nicolás Nikolayevich- que era un placer escucharla una y otra vez, aunque trastocara personajes y anécdotas en cada nueva versión. De paso, a la abuela, el relato de dicho viaje le ayudaba a sobrellevar su pequeña vida de provincias agarrándose a ese pasado de grandeza y glamour.

Por absurdo que resulte, a aquello se agarró también Jules, y le parecía que era más parte de su pasado que las viejas amistades con las que había contactado por Facebook al principio de la crisis del KOBIDXLSUN.
Mientras el mundo giraba al ritmo emocional del KOBIDXLSUN y Jules se proponía realizar una inmersión profunda en la Rusia del pasado y sus ancestros familiares, su amada Natalie no estaba para historias.

A la mañana siguiente, perezosa y con pocas ganas de preparar el desayuno, recalentó en el microondas el pan de ajo y las “papas crispy” de la noche anterior. Ya os había advertido que era una mujer práctica. Era sábado y en su empresa se respetaba el fin de semana a pesar del teletrabajo, así que se sumergió en su lectura favorita: las aventuras de James Bond, el agente 007, y del legendario detective panameño CR7.


A domicilio

relato (III)

MA Asharret

Es muy común que cuando un hombre, una mujer, siente que su vida se tambalea, que el futuro inmediato es excesivamente incierto, y que no hay de dónde agarrarse, mire al pasado en busca de alguna certidumbre, incluso en forma de artículo de fe. Jules, como hombre común que era, echó la vista atrás.

Y fue así como empezó a contactar amigos de la infancia y adolescencia, a retomar relaciones adormecidas u olvidadas tras tantos años, y de alguna manera, tratar de reconstruir, revivir su pasado, a través de los otros.

Habló con Basilio, aquel amigo con andares de poeta maldito en la universidad; con Asunción, su primera novia -así lo consideraron ambos tras darse el primer beso-; con Sergio, el sempiterno compañero de las tardes de fútbol.

Los primeros compases de la conversación que mantuvo con cada uno de ellos -y digo “la” conversación porque no hubo más que una- fueron cálidos, tiernos. Luego, a medida que avanzaba la conversación y ya se había pasado lista sobre el estado de familiares y conocidos, la tensión, el interés, decaía y ya de nuevo ocupaba todo el espacio aquel asfixiante presente llamado KOBIDXLSUN.

Un gordo

panzón

Naturalmente, al despedirse quedaron en que hablarían de nuevo, por aquello de la buena educación, pero a ambos lados del teléfono eran perfectamente conscientes de que ya no había nada más que decir.

A Jules le quedó el sabor agridulce de haber reconectado con su pasado, – antes de trasladarse por su primer trabajo a la ciudad donde vivía y en la que conoció a Natalie-, cuando se dio cuenta de que ya nada tenía que ver con él. Probablemente Sergio ya no era el delantero infalible de las tardes de fútbol. Probablemente era ahora un gordo panzón, padre de dos hijos, que pasaba las tardes en la oficina leyendo diarios deportivos mientras fingía que trabajaba. Y mejor no seguir con las probabilidades de cómo serían el resto de los personajes de su pasado. Y mejor no mentar cómo lo verían los otros a él. Ya no tenía nada que ver con ellos, pero sin ellos, su pasado se diluía. Lo confirmó un rápido vistazo a Facebook: tecleó nombres y apellidos que recordaba de la escuela, de los veraneos en la montaña, de la universidad. Tras esos cinco minutos de vértigo en el que se mezclaban recuerdos con las fotos y frases de felicidad que la gente colgaba en su muro -¡incluso en tiempos de KOBIDXLSUN!- decidió que era mejor mantener intactos sus ficticios recuerdos que le daban forma y coherencia al pasado, que disolverlos en un presente dudoso y lejano. Estas eran las reflexiones inconscientes de nuestro antihéroe.

La legendaria

Vespino

Pero John, nuestro héroe del desembarco y la aventura en el viejo-nuevo mundo rico, seguía repartiendo energía -pepperoni, cebolla, masa gruesa o delgada, con o sin rúcula- por toda la ciudad. En su motocicleta -de la legendaria marca Vespino– no sólo entregaba la pizza, sino también una sonrisa cálida y tranquilizadora a aquella clientela atrincherada y asustada que no salía de casa. Para aquella clientela, si John llegaba con una caja llena de pizzas, y al entregarlas se quitaba el casco y las gafas, y se arremangaba el traje de protección solar para sacar el pedido y cobrar, quería decir que allí fuera, la vida continuaba. Él era la prueba irrefutable de que el mundo exterior seguía estando, existiendo. Y prueba más categórica y contundente no podía haber: el negocio de pizzas a Euro seguía funcionando.

Natalie, poco antes del KOBIDXLSUN, había intentado -sin mucho convencimiento- convertirse al veganismo. Era más por seguir la moda que por una seria preocupación por la dignidad de los animales, el bienestar del planeta o su salud. Básicamente, la mitad de sus amigas + una, se habían apuntado a ese vegetarianismo estricto que evita a toda costa el uso de productos y servicios de origen animal. No obstante, la llegada de la cuarentena, le había hecho reconsiderar más o menos seriamente su más o menos seria conversión -el hartazgo de tener que cocinar, el hecho de que nadie se iba a enterar de lo que consumía-, la llevó a tomar el camino más corto: pizza a domicilio sin complejos y con todos los complementos que se le ocurriera al telefonista.

Aquella tarde había hablado con su Jules, quién, con un tono melancólico y desengañado, le había contado todas las conversaciones con los personajes de su pasado -tema no muy apasionante para ella-, así que cuando llamó al 888 8888 para pedir su pizza a Euro, estaba harta del teléfono y se dejó engatusar con una oferta que por 3,75 Euros incluía “Pizza + cinco Alitas de Pollo + Pan de Ajo + Papas Crispy + Refresco de Lata” (“se puede cambiar por té frío” le aclararon…y ella contestó “Coca-cola grande, ¡y que no sea de dieta!)”. En fin, todo un recital de dieta mediterránea…el veganismo, mejor ni mentarlo.

Entre las melancolías de Jules y la vocecita y cantarina del que le había tomado el pedido de las pizzas, su humor se había nublado. Sin embargo, al cabo de un rato, un rostro fresco, exótico y simpático se apareció ante ella.

John, el astronauta en motocicleta, había tocado el timbre hacía un instante.


El desembarco

relato (II)

MA Asharret

Las autoridades habían sido rotundas: sólo se podía salir al “espacio exterior” con el traje protector ultravioleta, gafas de sol y la cabeza tapada. El KOBIDXLSUN no hacía distinciones por sexo, raza, nacionalidad o hermosura. No tenía compasión.

John había llegado al país hacía dos años, por la puerta de atrás, es decir, de forma irregular, en un bote que, tras treinta horas de navegación, había desembarcado por la noche en una playa de turistas. De las veintiséis personas que habían iniciado la odisea, veintiuna pudieron hacer pie en la arena, de las que siete lograron escapar de la policía que vigilaba la costa. Él se encontraba entre los afortunados de este último grupo.

Jadeos en el

garaje

Se escabulló entre unos matorrales de la playa, y esperó agazapado a que la policía terminara su persecución de mujeres embarazadas y menores con cara de pánico, para emprender su camino quién sabe dónde. Eran las cinco de la mañana de un día de julio, estaba aterido del fresco de la madrugada y asustado. Pero determinado a seguir hacia adelante -con algo de dinero en efectivo y el número de teléfono de un conocido anotado en un papel arrugado- porque hacia atrás, imposible. Tras cuarenta minutos de caminar siguiendo la línea entre la playa y la carretera, vio una casa. Parecía, sino abandonada, deshabitada. Se acercó sigilosamente, agotado, y penetró en lo que parecía ser un garaje abandonado. Vio un viejo coche destartalado y lo aprovechó como escondite para tomar un descanso.

Lo despertaron unos suspiros, unos jadeos. Sí, es lo que imagináis. Una pareja joven tirando en la parte trasera del garaje. Se acercó silenciosamente, no por morbo, sino por pura curiosidad y para calibrar una potencial amenaza. Cuando se asomó, sus ojos fueron absorbidos por los ojos de ella. Ella, sonrió y siguió a lo suyo. John no sabía qué hacer. Al no sentirse amenazado -la sonrisa y la actitud de ella no indicaban ningún peligro- regresó a su rincón.

Al cabo de un rato la pareja se acercó y le ofreció una cerveza y algo de comer. Se comunicaron en inglés.

Aquella pareja se convirtió en su ángel de la guardia: lo alojó en su casa hasta que pudo por fin localizar al conocido del papel arrugado.

Una nueva

realidad

Al cabo de unos meses ya había podido construir especie de vida -cama cada noche bajo el mismo techo, amigos, rutinas- y un trabajo: repartidor de pizzas a domicilio.

El jefe de Jules, por decirlo de alguna manera, se apiadó de él. El trabajo de ventas y representación seguía, el sueldo fijo se reducía algo, y las comisiones por ventas se incrementaban…sobre la hipótesis de unas ventas improbables.

La primera semana el trabajo sirvió de coartada para no quedarse entre las sábanas hasta las once de la mañana. Pero era ante todo una ficción. Estaba claro que hasta que la humanidad no le encontrara un remedio al fenómeno del KOBIDXLSUN, no había nada que vender. Las llamadas con Natalie empezaron a convertirse en el único contacto personal, vivo, real, que mantenía con el mundo. Por aquellos días, todo el mundo vivía en su mundo interior, conectándose por WhatsApp, zoom y similares con el mundo interior de los otros. Jules sólo escuchaba la voz de Natalie, el resto eran correos electrónicos que iban y venían fingiendo actividad allí donde solo había una angustiada quietud.

No tardó en percatarse y asumir que aquella situación se podía extender en el tiempo elásticamente, y la bruma se asentó en su cabeza. Todo dependía de una fórmula, la BT7, que reflejaba una relación inexacta entre las cifras de fallecidos, enfermos y potenciales afectados, y que era la que iba establecer cuando se podría retomar la normalidad. Ponía los pelos de punta pensar que aquellas cifras eran vidas individuales, concretas y tangibles, que se diluían en aquella extraña ecuación que iba a determinar la magnitud del desastre.
Jules tenía que pensar algo, hacer algo que lo sacara de aquel letargo. Necesitaba desembarcar en una nueva realidad. Tal vez una nueva vida.