relato (VIII)

MA Asharret

Como decíamos, John llevaba su pizza, sin saberlo, a Natalie.

Mientras John aparcaba la moto, Natalie colgaba la llamada con uno de sus admiradores anónimos. Se sentía extraña, algo aturdida.

Lo de siempre: ring ring

– ¿Quién es? -preguntó, sabiendo que sólo se podía tratar del pizzero.

-Le traigo la pizza que ha pedido-contestó John dando saltitos sobre su pierna derecha. La próstata presionaba.

-Suba por favor- y Natalie abrió el portero automático. Además de saciar el hambre, contaba con que la pizza le calmaría la ansiedad producida por la última llamada.

Al ver que el ascensor estaba averiado, John subió atropelladamente las escaleras ya que la orina pedía paso. Natalie había dejado la puerta entreabierta mientras se “adecentaba” -tras esas conversaciones con personajes desconocidos, siempre le quedaba un extraño sabor, como de algo no limpio, casi indecente…

Al salir de la habitación y ver a John en el umbral, se quedó pasmada, pero reaccionó con rapidez y pudo fingir cierto aplomo:

-Espere un momento por favor-le indicó con amabilidad mientras iba en busca de la billetera.

John no estaba para momentos. No podía más. Sabía que sólo podría orinar en la calle, clandestinamente, pero no estaba seguro de que le fuera a dar tiempo de encontrar un rincón apropiado -en estas situaciones, siempre hay que encontrar un rincón “apropiado”- para desabrocharse el traje de astronauta, y, discretamente mear en una esquina de aquel barrio “cool”.

El ácido úrico le dio una orden inesperada al cerebro:

-Disculpe, ¿me permitiría usar el baño? – preguntó, agachando la mirada.

-Sí, claro. Aquella puerta, a la derecha – contestó ella con disimulada turbación y sorprendida por el pedido.

Un aliviodiferente

Aquella pausa fue un alivio para los dos. Diferente alivio, naturalmente: el de John, cualquier ser humano lo puede entender; el de Natalie se debía a la extraña combinación de la bajada de tensión tras el inicial pasmo por el reencuentro con el pizzero -el del brazo musculoso, recio, potente-, con el sentir una presencia real, no digital, tras muchas semanas de aislamiento. Inopinadamente, se esfumaron sus sentimientos previos de “indecencia”.

Salió renovado y tranquilo del baño, con la cara fresca y las manos con olor a jabón de lavanda. Su expresión transmitía agradecimiento, bienestar -al echar una mirada a la coqueta decoración, no pudo evitar compararlo con la cocina compartida de su piso-, aunque no dejaba de sentir cierta incomodidad en aquella situación. A Natalie se le veía alegre, luminosa.

-Muchas gracias-dijo él con ademán de irse.

-Espera, todavía no te ha pagado la pizza.

Mientras John se agachaba para recoger el casco que, junto al traje de astronauta y la caja de las pizzas, había dejado en el umbral, sonó la llamada de Jules en el ordenador. Natalie descolgó y le dijo que esperase -otro “espera” en menos de tres segundos…

Mientras le acercaba los billetes con una generosa propina, la cámara del ordenador se activó, y Jules alcanzó a vislumbrar la sombra de un hombre en el apartamento.

Cuando iniciaron la conversación, ella transmitía alegría, y tal vez, algo más. Él no se atrevió a preguntar.

La relación entre Natalie y Jules había entrado ya la etapa que podríamos denominar “montaña rusa”. La gente se enamora rápidamente, buscando ese absoluto que la vida nos niega, pero, cuando la relación entra en crisis, tarda mucho en desenamorarse, o, para ser más preciso, en desengancharse – “desapegarse”, que dirían los maestros de los libros de autoayuda. Al hombre y a la mujer, que son animales de costumbres, si no empieza algo nuevo y rompedor, les cuesta mucho desacostumbrase de la cotidianidad: hablar de los mismos temas por las noches, criticar a los vecinos, y todas aquellas cosas que forman parte de la intimidad compartida. Por eso esa famosa y gran frase: “un clavo quita otro clavo”. Y si no llega ese clavo, la crisis se alarga, la relación agoniza, se arrastra por insondables vericuetos, sube y baja como una montaña rusa, hasta que llega el salvador o salvadora, es decir, una tercera persona -¡bienvenida!-, y entonces ya todo se derrumba. Natalie y Jules habían entrado en esta espiral, que puede durar semanas, meses, o años.

Rosa, la cajera y dueña de la pizzería, disfrutaba – llena de sí misma- con sus cálculos de beneficios y proyecciones a largo plazo en caso de que el KOBIDXLSUN se extendiera en el tiempo. Todos estos avariciosos -y aviesos- cálculos, los realizaba bajo la severa mirada de una señora que la observaba desde la foto antigua colgada en la pared de su “despacho” -un diminuto cubículo sin luz natural- en la pizzería. En la puerta del despacho, había un cartelito donde se podía leer “Directora General”.

La dueña de esa severa mirada no era otra que doña Rosa, aquella que iba y venía entre las mesas de su Café, en el Madrid de los años 40, tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa decía con frecuencia “leñe” y “nos ha merengao”, expresiones que hoy suenan anticuadas y disparatadas. Había quién decía que a doña Rosa le brillaban los ojillos cuando venía la primavera y las muchachas empezaban a andar de manga corta. Sí, Rosa, era la bisnieta de la mítica doña Rosa del Café de la novela “La colmena” de Camilo José Cela.

En tres generaciones se había pasado de un Café en Madrid a una pizzería de a 1 Euro en una ciudad no menos importante, lejos de aquellos fríos inviernos y aquellos ardorosos veranos. Es esta una larga historia que, quizás, otro día y en otro capítulo, la podamos contar.

Era en el despacho de la Directora General donde John rendía cuentas al final de la noche, tras la entrega de la última pizza. Y mientras rebuscaba en su traje de astronauta los últimos centavos para que su jefa cuadrara la caja, no podía quitarse de la cabeza la imagen de aquella clienta simpática, con una expresión alegre y luminosa…que le inspiraba, tal vez, algo más.

Ya no era el C5H4N4O3 -la fórmula del ácido úrico- lo que le hacía dar saltitos sobre su pierna derecha.