relato (V)

MA Asharret

La bola del mundo seguía girando, el sol salía y se ponía, unos días llovía y otros no, pero ya nada era lo mismo desde aquella tarde de marzo. La mayor parte de la humanidad vivía encerrada en su casa atemorizada por el KOBIDXLSUN, fenómeno sobre el que los científicos no lograban ponerse de acuerdo: unos decían que se trataba de un parásito que se transmitía a través de los rayos solares, otros decían que se trataba de un virus altamente contagioso que provenía del lejano oriente, había quien lo adjudicaba al agujero en la capa de ozono…y no tardaron en aparecer Nostradamus de todo pelaje para augurar el fin del mundo en sus diferentes formas y variedades.

Científicamente, era inexplicable que KOBIDXLSUN afectara solamente al género humano, pero no al resto del reino animal. Al no resolver la ciencia todas estas preguntas, desde las diversas ramas del inmenso, pero limitado, conocimiento humano, se buscaban respuestas. Algunos matemáticos apelaban a la “inmunidad oscura”, porque, al igual que la “materia oscura” que ocupa el 85% del universo, sabemos que existe por sus efectos, por no sabemos qué es…Sin embargo, siendo esta una de las hipótesis más optimistas, era de las que más desespero y confusión producía ya que, ¿qué hacían confinados en casa si a lo mejor pertenecían a ese 85%?

El tema es que la gente sufría: los padres y madres trataban de proteger a sus hijas e hijos de aquella realidad abrumadora, dándoles esperanzas infundadas y pretendiendo cierta normalidad. Los políticos trataban de salvar el mundo, sabiendo que ya casi nada dependía de ellos; los iluminados y vendedores de paraísos trataban de salvar las ánimas y hacer su agosto -se fuera o no a acabar el mundo, pues la avaricia no tiene límites-; y los científicos investigaban e investigaban, sin descanso, a veces sin fe, pero no dejaban de trabajar para tratar de salvarnos a todos.

Una revoluciónmundial

John llegó agotado a su casa compartida con sus otros compañeros. Encendió el televisor, y justo cuando iban a empezar las noticias, apareció Jeremiah con su obsesiva perorata: su proyecto de revolución mundial.

El verdadero nombre -si es que tenía un nombre verdadero- era Abdelmalek Abubakar. Desde que había cruzado el mar y llegado al rico y feliz país de Natalie y Jules, se hacía llamar Jeremiah, nombre que le parecía que sonaba profético y al mismo tiempo le recordaba al soldado Jeremiah Johnson, personaje interpretado por Robert Redford en un western de los años 70.

¿Cómo había llegado Jeremiah hasta el piso compartido de John? Ni la CIA lo sabía, ni sabía que de hecho estaba en la ciudad de Natalie. Lo que tampoco sabía la CIA y otros servicios de inteligencia occidentales, además del ruso y el chino, es que Abdelmalek Abubakar había nacido en una aldea rural donde la escuela era manejada por un grupo evangélico de los EEUU, gracias al cual llegó a la universidad, y allí, fascinado por los grupos terroristas de aquellos años, en la coctelera -“Shaken, not stirred”- mezcló ideas, intuiciones, películas de aventuras y frustraciones, con algunas de las cosas que se aprenden en las aulas y en los bares. Y fue así como se erigió en el líder de un movimiento que aspiraba a una revolución evangélico-trotskysta-islamista.

Hasta aquel día, Jeremiah sólo le había hablado a John de sus ideas, pero no de su proyecto. Sin embargo, dado que consideraba que el KOBIDXLSUN era una señal inequívoca de que era el momento adecuado para iniciar la revolución, abordó a John mientras estaba viendo la televisión de la cocina en calzoncillos. Aquella noche, le desveló su gran proyecto: un ataque terrorista para iniciar el asalto al poder.

Crimen ycastigo

Jeremiah quería desatar un ataque terrorista biológico a gran escala. Del mismo modo que el soldado Jeremiah Johnson había exterminado indios en su western, Jeremiah exterminaría occidentales en los tiempos del KOBIDXLSUN. ¿Cómo? John sólo tenía que inyectar partículas de luz solar en la masa de las pizzas, y así, a cada pizza repartida, un enemigo menos de la revolución.

Mientras John escuchaba este delirio, no dejaba de pensar en aquella mujer joven, con una cara redonda y bonita, que le había recibido la pizza con una sonrisa encantadora que no lograba ocultar cierta ansiedad, ¿quería él que aquella sonrisa encantadora desapareciera? ¿era ella enemiga de una revolución que ignoraba?

-Estás delirando-le espetó John a Jeremiah.
-Aún estás a tiempo de sumarte a la revolución, camarada. Y si no, asume las consecuencias- contestó en tono admonitorio Abdelmalek Abubakar.

Jules, en su isla, inmerso en su mundo ruso, leía una de las últimas páginas de “Crimen y castigo”:
“Rodión Raskólnikov permaneció en el hospital todo el final de la Cuaresma y la semana de Pasión. Ya restablecido, recordó sus sueños, cuando aún tenía calentura y el delirio. Soñó, en su enfermedad, que todo el mundo estaba condenado a ser víctima de una terrible, inaudita y nunca vista plaga que, procedente de las profundidades de Asia, caería sobre Europa. Todos tendrían que perecer, excepto unos cuantos, muy pocos, escogidos. Había surgido una nueva triquina, ser microscópico que se introducía en el cuerpo de las personas. Pero estos parásitos…”