relato (II)

MA Asharret

Las autoridades habían sido rotundas: sólo se podía salir al “espacio exterior” con el traje protector ultravioleta, gafas de sol y la cabeza tapada. El KOBIDXLSUN no hacía distinciones por sexo, raza, nacionalidad o hermosura. No tenía compasión.

John había llegado al país hacía dos años, por la puerta de atrás, es decir, de forma irregular, en un bote que, tras treinta horas de navegación, había desembarcado por la noche en una playa de turistas. De las veintiséis personas que habían iniciado la odisea, veintiuna pudieron hacer pie en la arena, de las que siete lograron escapar de la policía que vigilaba la costa. Él se encontraba entre los afortunados de este último grupo.

Jadeos en elgaraje

Se escabulló entre unos matorrales de la playa, y esperó agazapado a que la policía terminara su persecución de mujeres embarazadas y menores con cara de pánico, para emprender su camino quién sabe dónde. Eran las cinco de la mañana de un día de julio, estaba aterido del fresco de la madrugada y asustado. Pero determinado a seguir hacia adelante -con algo de dinero en efectivo y el número de teléfono de un conocido anotado en un papel arrugado- porque hacia atrás, imposible. Tras cuarenta minutos de caminar siguiendo la línea entre la playa y la carretera, vio una casa. Parecía, sino abandonada, deshabitada. Se acercó sigilosamente, agotado, y penetró en lo que parecía ser un garaje abandonado. Vio un viejo coche destartalado y lo aprovechó como escondite para tomar un descanso.

Lo despertaron unos suspiros, unos jadeos. Sí, es lo que imagináis. Una pareja joven tirando en la parte trasera del garaje. Se acercó silenciosamente, no por morbo, sino por pura curiosidad y para calibrar una potencial amenaza. Cuando se asomó, sus ojos fueron absorbidos por los ojos de ella. Ella, sonrió y siguió a lo suyo. John no sabía qué hacer. Al no sentirse amenazado -la sonrisa y la actitud de ella no indicaban ningún peligro- regresó a su rincón.

Al cabo de un rato la pareja se acercó y le ofreció una cerveza y algo de comer. Se comunicaron en inglés.

Aquella pareja se convirtió en su ángel de la guardia: lo alojó en su casa hasta que pudo por fin localizar al conocido del papel arrugado.

Una nuevarealidad

Al cabo de unos meses ya había podido construir especie de vida -cama cada noche bajo el mismo techo, amigos, rutinas- y un trabajo: repartidor de pizzas a domicilio.

El jefe de Jules, por decirlo de alguna manera, se apiadó de él. El trabajo de ventas y representación seguía, el sueldo fijo se reducía algo, y las comisiones por ventas se incrementaban…sobre la hipótesis de unas ventas improbables.

La primera semana el trabajo sirvió de coartada para no quedarse entre las sábanas hasta las once de la mañana. Pero era ante todo una ficción. Estaba claro que hasta que la humanidad no le encontrara un remedio al fenómeno del KOBIDXLSUN, no había nada que vender. Las llamadas con Natalie empezaron a convertirse en el único contacto personal, vivo, real, que mantenía con el mundo. Por aquellos días, todo el mundo vivía en su mundo interior, conectándose por WhatsApp, zoom y similares con el mundo interior de los otros. Jules sólo escuchaba la voz de Natalie, el resto eran correos electrónicos que iban y venían fingiendo actividad allí donde solo había una angustiada quietud.

No tardó en percatarse y asumir que aquella situación se podía extender en el tiempo elásticamente, y la bruma se asentó en su cabeza. Todo dependía de una fórmula, la BT7, que reflejaba una relación inexacta entre las cifras de fallecidos, enfermos y potenciales afectados, y que era la que iba establecer cuando se podría retomar la normalidad. Ponía los pelos de punta pensar que aquellas cifras eran vidas individuales, concretas y tangibles, que se diluían en aquella extraña ecuación que iba a determinar la magnitud del desastre.
Jules tenía que pensar algo, hacer algo que lo sacara de aquel letargo. Necesitaba desembarcar en una nueva realidad. Tal vez una nueva vida.