relato (XI)

MA Asharret

Y en medio de la noche, Jules descendió a pulmón libre a las profundidades de la red, de la Deep Web. Tal vez, si hubiera sabido lo que se iba a encontrar, lo hubiera pensado dos veces. Pero cuando se encontró con lo que se encontró, ya era demasiado tarde.

Con su gin-tonic bien cargado, se dispuso a dar el salto y sumergirse. El gerente de tecnología e informática de su empresa, durante el funeral virtual de su jefe –ex jefe, ex todo ya- le dio unos consejos de cómo navegar en aquellas procelosas fosas digitales, muy similares a las marinas.

Esta actividad tenía una sorprendente similitud con lo que el diccionario define como buceo libre: deporte extremo, el cual tiene como base la suspensión voluntaria de la respiración dentro del agua -red diríamos aquí- mientras se recorren largas distancias o se desciende hasta grandes profundidades. Esta suspensión voluntaria -en este caso, con gin-tonic en mano- de la respiración es, asimismo, la base de una actividad milenaria y vigente como la pesca submarina a pulmón, practicada, por ejemplo, por las ama en Japón, por los bajau en Indonesia y Filipinas, y por los wayú en Colombia y Venezuela… ¿qué dirán de nosotros dentro de unos milenios?… si es que queda alguien, claro.

Y sigue la definición: “aunque, en un principio, pueda parecer entrenamiento físico, el deporte de la apnea se basa principalmente en la relajación mental del individuo, la buena alimentación e hidratación, el fomento de los reflejos mamíferos en humanos, y…”

Tenemos a nuestro Jules cumpliendo todos los requisitos.

Mazinger ySexybot

El trayecto lo inició en soledad, aunque durante la inmersión fue encontrándose con diferentes “sujetos”, reales o digitales, que tal vez ya son lo mismo, e interactuó con ellos. Muchos utilizaban nombres de usuario de lo más comúnmente raro: Mazinger, Rambo, Sexybot, Xavier66, trotskydigital, CansinoCansado, Blacksun…y claro, no podía faltar alguien que se hacía llamar KOBIDXLSUN. Llegó cruzar mensajes con un tal SanchoP, que ofrecía sus servicios de “escudero digital” y buscaba su don Quijote, no para “para desfacer agravios y enderezar entuertos”, sino para que le llevara en busca de aventuras para asaltar cuentas bancarias, en lugar de molinos de viento. Jules guardó el contacto.

El ambiente en aquellos túneles subterráneos y digitales, era entre tabernario y revolucionario. Se podía percibir la transgresión, la clandestinidad, el sabor antiguo de los sediciosos y conspiradores, la ambición desmedida y los sueños de grandeza, todo con un toque tremendamente contemporáneo: los nombres de los usuarios, el impulso nervioso de los dedos sobre el teclado, la pizza mordida al lado, las noches de insomnio en aquel universo prohibido… ¿y qué decir de la oscuridad y humedad gótica que impregnaba el ambiente mientras utilizaban códigos informáticos que las personas normales no entenderemos hasta el 2080?

El sabor a clandestinidad era muy sugerente. Jules llegó a un túnel con un cartel donde decía: CEMENTERIO. Empujó la verja con prudencia, y luego la curiosidad le empujó a leer una sucesión de mensajes mortuorios y de condolencias sin fin. Allí estaban todos los mensajes de pésame, y todos los archivos -en forma de lápida- de las personas que habían fallecido y en algún momento habían tenido un perfil en las redes sociales. Si se tecleaba el nombre del muerto en cuestión, se podía ver, por ejemplo, las fotos de sus vacaciones felices en el 2010, de cuando el muerto estaba vivo…y ahora esas fotos formaban parte de su panteón. No lo pudo evitar: se dirigió a la tumba digital de su exjefe, y allí estaba el muy cabrón. Y digo muy cabrón, porque Jules pudo encontrar la correspondencia que éste tenía con el departamento de recursos humanos aconsejando la reducción de salario, o incluso despido, de Jules, mientras este se encontraba varado en su isla.

Captó rápidamente el significado de todo aquello: desde las catacumbas digitales se podía acceder a todo lo que ocurría allá arriba, entre los vivos: mensajes, fotos, información bancaria… ¡Qué importaban los muertos!

Lo primero que le salió -por tacaño y chismoso a la par- fue echar un vistazo a la cuenta bancaria de Natalie, pues ella nunca le había querido decir cuánto ganaba ni cuánto había cobrado de la herencia de su tía Alice.

La sucesión de pantallas fue rápida: de la cuenta corriente -nada en particular, sólo la extraña costumbre de pedir comida a domicilio siempre a la misma pizzería-, a su correo electrónico, y en dos clics más, acabó en su WhatsApp.

Si los mensajes con un tal John eran ambiguos, entre sugerentes y tímidos; las fotos no daban lugar a dudas…esas dudas que le sembraron algunos personajes en su diálogo con el autor en la anterior entrega.

Nos estamos acercando.