relato (IV)

MA Asharret

Nos habíamos quedado en que Natalie abría la puerta a John, y mientras éste – con “una sonrisa cálida y tranquilizadora”, que nos decía el autor- se arremangaba el brazo -¡qué brazo!: musculoso, recio, potente, suficientemente peludo pero sin exagerar, de un tono oscuro que magnetizaba- para entregar la pizza y devolver el vuelto, ella se quedaba obnubilada, sin saber si mirar aquel rostro que le inspiraba confianza y optimismo, o aquel brazo que transmitía fuerza y seguridad.

Y mientras devoraba la pizza y recreaba en su imaginación aquel brazo, John llevaba el último pedido de su turno de noche a otro domicilio -¿cómo sería el portal? ¿tendría que subir escaleras o habría ascensor?- atravesando la desértica ciudad en su Vespino. Tras esta última entrega, por fin podría ir a descansar, sacarse el traje de astronauta, cenar algo en la cocina del piso compartido con otros cinco migrantes y ver la televisión un rato…siempre y cuando no tuviera que escuchar la cantinela de Jeremiah, del que hablaremos en un futuro no muy lejano (los siete días que tarda en llegar la siguiente a entrega a las manos del dedicado lector).

Los últimoszares

A nueve horas de distancia, contando hacia atrás, en la isla de Jules no faltaba mucho para que iniciara el atardecer. Nuestro antihéroe ya había empezado a perder el sentido del tiempo, y su único referente horario eran las llamadas con Natalie, -a las siete y media y dos y media en punto. Las horas transcurrían difusas entre correos electrónicos que hacían referencia a una realidad paralela y casi ficticia, y largos lapsos de tiempo navegando sin rumbo por internet o tratando de encontrar algo en la televisión, no sabía qué, que le sacara del amodorramiento. Como un velero en plena calma chicha, su única esperanza era que llegara un soplo de viento que lo moviera hacia algún lado, el que fuera, pero que inflara, por poco que fuera, las velas de su adormecido espíritu. ¡Qué metáfora!

Y fue en esa desesperada calma chicha -seguimos con la metáfora- combinada con el tecleo nervioso del mando a distancia del televisor, cuando en Netflix descubrió algo muy importante, algo que, sin saberlo, le iba a cambiar la vida…al menos durante los tiempos del KOBIDXLSUN.

La serie se llamaba “Los últimos zares”. Harto del clima tropical, del aire acondicionado -que es realmente el clima tropical en los tiempos modernos-, de las vistas desde su habitación al mar caribe y la playa del hotel que tenía prohibido pisar, aquella serie lo atrajo para cambiar de paisaje, de contexto mental, y de ambiente. Y si cambiaba todo eso -el paisaje, el contexto mental y el ambiente-, tal vez en ese nuevo mundo, la vieja Rusia, no habría KOBIDXLSUN.

“Los últimos zares” relataba la resistencia del zar Nicolás II a los vientos de cambio -seguimos con los metafóricos vientos- que terminarían encendiendo la chispa de la revolución que arrasaría Rusia a principios del siglo XX, y que acabaría con la dinastía de los Romanov, fundada en 1613. Casi nada.

Pero había una razón más profunda, de la que él no era totalmente inconsciente, bien arraigada en su pasado familiar: sus bisabuelos paternos habían sido rusos blancos, de aquellos que desafiaron a la revolución bolchevique, y que, tras ser derrotados por el camarada León Trotsky -el ínclito “Comisario del pueblo para la Defensa​ y presidente de la Junta Suprema de Defensa”- se exiliaron adonde pudieron.

CR7

La abuela de Jules, llamada Anastasia en honor a una de las zarinas, acostumbraba a recordar -con el fin de darse importancia- que sus padres se habían embarcado con el príncipe Félix Félixovich Yusúpov, conde Sumarókov-Elston (en ruso, Фéликс Фéликсович Юсýпов) uno de los artífices del asesinato de Rasputín, en el buque de guerra británico “HMS Marlborough”, que zarpó de Yalta rumbo a Malta en 1919.

Dicha historia era difícil de creer para Jules y su familia; pero la abuela la contaba tan llena de detalles pintorescos sobre el pasaje de la nave inglesa -que incluía a la emperatriz viuda María Feodorovna y otros miembros de la Familia Imperial Rusa, incluido el Gran Duque Nicolás Nikolayevich- que era un placer escucharla una y otra vez, aunque trastocara personajes y anécdotas en cada nueva versión. De paso, a la abuela, el relato de dicho viaje le ayudaba a sobrellevar su pequeña vida de provincias agarrándose a ese pasado de grandeza y glamour.

Por absurdo que resulte, a aquello se agarró también Jules, y le parecía que era más parte de su pasado que las viejas amistades con las que había contactado por Facebook al principio de la crisis del KOBIDXLSUN.
Mientras el mundo giraba al ritmo emocional del KOBIDXLSUN y Jules se proponía realizar una inmersión profunda en la Rusia del pasado y sus ancestros familiares, su amada Natalie no estaba para historias.

A la mañana siguiente, perezosa y con pocas ganas de preparar el desayuno, recalentó en el microondas el pan de ajo y las “papas crispy” de la noche anterior. Ya os había advertido que era una mujer práctica. Era sábado y en su empresa se respetaba el fin de semana a pesar del teletrabajo, así que se sumergió en su lectura favorita: las aventuras de James Bond, el agente 007, y del legendario detective panameño CR7.