Se cuentan muchas historias sobre La Peregrina, pero la verdadera es la que les voy a contar yo hoy. El que habla es un hombrón medio chombo (“es por parte de mi padre”, dice). Se acaba de sentar a nuestro lado. Así, sin más, sin encomendarse a Dios ni al diablo. Solo deja caer su generoso cuerpo en el apretado espacio habilitado en uno de los asientos externos del ferry que nos lleva hasta isla Contadora, en el archipiélago de Las Perlas. Con permiso, dice, donde caben dos, caben tres. Nos ha visto, sin duda, pinta de turistas.

Hay quien dice que el rey Alfonso XIII, el bisabuelo del actual Rey de España, le regaló a Victoria Eugenia, su mujer, La Peregrina allá por inicios del siglo XX. Pero eso es absolutamente falso. La mejor perla que nunca se haya visto en el mundo salió del fondo del mar “de esas islas que ven allá a lo lejos para hacer un laaaargo viaje”, dice el hombrón arrastrando las vocales a la vez que retira su mirada de nosotros para depositarla en el mar. “Pero nunca acabó en el cuello de la reina hemofílica que sembraría la peste sanguínea en aquella casa real”, sentencia.

una perla muy especial

 

“Muchos tumbos dio esa roquita, aunque su nombre no le viene de ahí, sino por lo rara, caprichosa y especial que es”, continua. En aquel entonces los indígenas de la zona empleaban su tiempo básicamente en bucear para extraer perlas que eran luego utilizadas como ornamento y trueque. Las perlas más famosas del mundo fueron extraídas de estas aguas. Entre ellas, La Peregrina, que le fue entregada a los españoles en señal de vasallaje por el cacique de la Isla de las Perlas en 1515.

Única por su tamaño, en forma de lágrima o de pera, su brillo nacarado y su espectacular color, la perla asombró a Vasco Núñez de Balboa, quien por entonces había divisado por primera vez, desde un lugar de la costa cercano a la actual ciudad de Panamá, el Mar del Sur. “Este mismo en el que nos encontramos”, dice señalando con el índice al agua revuelta por el bamboleo de la embarcación.

La isla de losfamosos

El ferry va perdiendo velocidad. Nos aproximamos a la costa. Ha transcurrido ya la hora y cuarenta minutos que dura el trayecto de poco más de 40 millas (unos 74 kilómetros) desde que zarpamos desde el Balboa Yacht Club en el Caseway de Amador, en la capital.

Luis Carlos se presenta y nos dice que es un apasionado de la historia. Estamos llegando a Contadora. ¿Van a estar muchos días?, pregunta nuestro cronista de viaje espontáneo. Y sin esperar respuesta nos suelta “la isla es bien pequeña por lo que seguro nos volvemos a encontrar un día de estos y les acabo de contar el cuento verdadero de La Peregrina. Un placer”, y desaparece.

Descendemos del ferry a una lancha que nos acerca a playa Galeón. A unos metros de la orilla toca mojarse los pies en unas aguas cristalinas verde turquesa, más propias del Caribe que del Pacífico, y caminar hasta la arena.

Aunque el café de Playa Galeón ya está abierto, decidimos echar a andar carretera arriba destino a nuestro hospedaje. A pocos metros encontramos la pista de aterrizaje, 645 metros, justo el ancho de la isla. Este es el único aeropuerto y al que llegan los vuelos desde Panamá (unos 20 minutos de trayecto).

Apenas son las 9 de la mañana y el sol ya pega duro. Decidimos alquilar un carrito de golf en la agencia de viajes Coral Dreams ($40), situada a la par del aeropuerto, justo al inicio de la subida en dirección a Playa Caracol, una de las 11 playas paradisíacas con que cuenta la isla.

Dejamos nuestras maletas en la habitación y corremos (es un decir) a visitar Playa Cacique. La carretera nos deja muy cerca de esta pequeña cala desde la que, entre junio y octubre, no es difícil avistar alguna ballena jorobada. Panamá es el único lugar en el mundo donde llegan miles de estas ballenas, tanto del hemisferio norte como del sur, a reproducirse y dar a luz.

En la tarde, y después de una merecida siesta, dudamos entre visitar Playa Las Suecas, la única playa nudista de la isla, y probablemente de todo Panamá, o Playa Ejecutiva. Nos decidimos, y no por cuestiones morales, por esta segunda.

tiempos de gloria

En otros tiempos, a Contadora solían llegar actores y actrices de renombre mundial, como John Wayne o Mario Moreno Cantinflas, o cantantes como Julio Iglesias. Símbolo del lujo tropical durante las décadas de 1970 y 1980, también potentados y políticos se dejaban caer por la isla. Allí, por ejemplo, se bañaron los Kennedy y se encontraron en su momento Gabriel García Márquez y el general Omar Torrijos. En la mansión del expresidente panameño también estuvo Jimmy Carter durante las negociaciones de los tratados de la devolución del Canal de Panamá.

Muchos presidentes de países vecinos como Alfonso López Michelsen, de Colombia; Carlos Andrés Pérez, de Venezuela; o Daniel Oduber, de Costa Rica, recalaron en la isla como huéspedes de Torrijos y Gabriel Lewis Galindo el “descubridor” moderno -y por casualidad- de este paraíso. Al parecer, el yate de Lewis Galindo se averió frente a Contadora. El empresario y diplomático panameño quedó tan prendado que decidió comprar al gobierno las 110 hectáreas de isla en 1968 para construir una gran mansión y, a su vez, impulsar su desarrollo turístico e inmobiliario de lujo.

Años más tarde, en 1980, el último Sha de Persia, Mohammad Reza Pahlavi, se exilió junto a su esposa Farah Diba, en la isla tras el triunfo de la revolución islámica en Irán. En Punta Lara, otra de las mansiones de Lewis Galindo, vivió de prestado el Sha durante unos años.

La mayoría de los famosos que pernoctaban en la isla lo hacían en el Hotel Contadora. De estilo colonial francés y construido con maderas nobles, del lujoso resort apenas queda su recuerdo y los escombros del imponente edificio que fue: 365 habitaciones, además de casino, centro de convenciones y otra multitud de servicios. Sus restos, como los del catamarán Las 7 Perlas, que en los tiempos gloriosos transportaba a los turistas, se pueden ver en playa Larga.

Se hizo la noche. Terminada la pizza que nos pedimos de cena en el restaurante Casa Tortuga, decidimos estirar un poco más la velada con un salami de chocolate al que acompañamos, después del café, con un par de roncitos. En esas estábamos cuando vimos aparecer a Luis Carlos, nuestro improvisado guía. “Vieron, ya les dije que nos encontraríamos de nuevo”.

“¿Dónde nos habíamos quedado?”, pregunta tras sentarse a nuestra mesa. Ah, sí, responde sin esperar respuesta, en Vasco Núñez de Balboa.

Una perlade leyenda

La leyenda (“la real, la que yo les estoy contando, eh”, insiste el hombre) cuenta que la extraordinaria perla sería comprada allá por el siglo XVI por un comerciante español, al que a su vez se la adquirió el gobernador, que luego se la vendió a la bella emperatriz Isabel I de Portugal, esposa de Carlos I. Tiziano, el pintor renacentista italiano, la retrató en un cuadro que todavía hoy se conserva en el Museo del Padro de Madrid.

La Peregrina la heredó luego el hijo de ambos, Felipe II. El prudente, como se le conocía, se la ofreció a su esposa María Tudor. “A la segunda esposa de este rey le encantaba lucir perlas”, continua con una media sonrisa en su boca nuestro inopinado acompañante. “La mujer inglesa entendió que, a su muerte, esta y otras joyas debían quedar en el país que la hizo reina. Y así se conservó en España durante generaciones de monarcas y la lucieron varias reinas -algunas retratadas con la perla maravillosa por Velázquez, el famoso pintor español- hasta que Napoleón Bonaparte decidió invadir la Península Ibérica”.

“¿Cansados?”, pregunta Luis Carlos, al que no se le echan sus 58 años (segundo dato que conocemos de él). El día ha sido largo: playa, sol, playa…y mañana nos espera una ruta por varias de las más de 220 islas e islotes que componen el archipiélago. “Vayan a descansar”, dice apurando su ron, “seguro que volvemos a tropezarnos y les acabo de contar la historía verídica de La Peregrina”.

Apenas sale el sol y ya estamos de nuevo en Playa Galeón. Nuestra barca nos espera (el tour de hoy también se puede hacer en yate o velero, el alquiler completo ronda los mil dólares, pero el presupuesto no nos da para tanto). Partimos hacia Saboga, la isla más cercana a Contadora y segundo polo de atracción turístico del archipiélago. En el camino recorreremos y pararemos en las islas Boyarena, Mogo-Mogo y Chapera, y en varios islotes con playas vírgenes, de arena blanca. Haremos snorkel en sus aguas cristalinas y podremos apreciar la belleza y riqueza de su fondo marino.

napoleón la llevo a francia

Nos apetecería poder acercarnos también hasta la isla del Rey, la más grande del conjunto y la segunda más grande Panamá después de Coiba. O a la isla San José, un paraíso privado donde se ubica el hotel de lujo Hacienda del Mar. Situada a unos 90 km. de la ciudad de Panamá y cercana al área conocida como los Explosivos, en los alrededores de esta isla el fondo del mar baja precipitadamente hasta una profundidad de más de 9000 pies, por lo que es ideal para practicar la pesca submarina. Decidimos que, en un próximo viaje, tomaremos el avión para acercarnos a conocer la isla más meridional del archipiélago.

Comienza a caer la noche cuando estamos de regreso en Contadora. Iremos a cenar unos mariscos a Gerald’s, el bred & breaksfast más conocido de la isla, según cuentan. Quizás nos topemos de nuevo con Luis Carlos.

Domingo. 2:30 PM. Acabamos de almorzar en el café de Playa Galeón, desde donde vemos llegar el ferry que nos devolverá a Panamá. Luis Carlos no apareció la pasada noche. Quizás no lo volvamos a ver.

Ya a bordo, el ruido constante y monótono del motor del ferry nos obliga a dar más de una cabezada. En una de esas, oímos una voz conocida. “¿Qué, amigos, dispuestos a escuchar el final de la historia?” Es, por supuesto, Luis Carlos.

“En 1808”, continua su relato nuestro enigmático historiador, “Bonaparte acabó llevándose a Francia todas las joyas reales españolas, incluidos los 71 quilates y medio de La Peregrina”. Según nos cuenta se la regaló a su esposa Julia Clary. Tras su separación la perla la heredó su hijo Luis Napoleón-Bonaparte. Una vez derrocado, éste se exilió en Inglaterra, donde vendió La Peregrina al marqués de Abercón. Más tarde, en 1914, la compraría la firma de joyeros britranicos R.G. Hennell & Sons.

Por aquel entonces, parece que Alfonso XIII quiso adquirirla, pero no le alcanzó la plata, por lo que se hizo con una copia que le regaló a su mujer. Tras pasar por varias manos de particulares, en 1969 La Peregrina fue subastada como lote número 129 por la firma Parke Bernet de Nueva York. Se cuenta que entre los que pujaron estaba Alfonso de Borbón Dampierre, nieto de Victoria Eugenia, pero quien se llevó la joya fue Richard Burton. El actor pagó 37,000 dólares por la perla y se la regaló a Elizabeth Taylor, “a quien todavía amaba locamente”, nos dice Luis Carlos con un mohín en los labios.

Luego, la actriz mandó a la firma Cartier diseñar un collar exclusivo de rubíes y diamantes para exhibirla –también en un par de películas- colgada de él. A su muerte, en marzo de 2011, La Peregrina salió a subasta en en la sala Christie’s de Nueva York en diciembre de ese mismo año con un precio de inicio entre dos y tres millones de dólares. El comprador final pagó la friolera de 11.8 millones, récord en una subasta, por la mítica y viajera joya.

“¿Y quién la compró?”, preguntamos a Luis Carlos. “Nunca se ha conocido el nombre del comprador”, responde mirando con tristeza al horizonte como tratando de obtener una respuesta. “Llegamos a Panamá”, dice al cabo de unos segundos. Estamos embocando el embarcadero del Balboa Yacht Club. A nuestra izquierda, un buque va saliendo del Canal.

Comienza a caer la tarde sobre la ciudad. Buscamos con la mirada a Luis Carlos, para despedirnos pero, como en el viaje de ida es como si, de repente, se lo hubiera tragado el mar. Quizás nos lo volvamos a encontrar. Quién sabe.

Nos llevamos a casa el recuerdo de este apasionado de la historia y su relato de La Peregrina, la perla más asombrosa y viajera del mundo, que salió un día de hace cinco siglos de las aguas del archipiélago de aguas cristalinas y turquesas al que, seguro, regresaremos pronto.