relato (X)

MA Asharret

La noche seducía, no invitaba a sentarse y ponerse a trabajar, sino a divagar con un whisky en la mano y perderse en ensueños; sin embargo el editor, inflexible, ya me había advertido que no iba a aceptar más retrasos. También algunos lectores habían mostrado su descontento por no llegar las entregas el día acostumbrado.

Así que, venciendo la pereza y luchando contra la magia de la noche tropical, me preparé un café, alegrado con el prestigioso ron “El Abuelo”, y me dispuse a escribir la nueva entrega. Dudaba: ¿papel y pluma? ¿o pantalla y teclado?

Opté por la primera. No conozco el miedo a la página en blanco. Creo que se trata de un mito para darse importancia y misterio. Así que, armado con la pluma, el ron ensuciado con algo de café, y sin ninguna timidez y con pocas ganas, me puse a trabajar.

Nada más poner la plumilla sobre el papel, los dedos de la mano temblaron y unos garabatos aparecieron sobre el papel. Algo movía la mano contra mi voluntad. Traté de dominarla, pero se resistió. Puse firme mi antebrazo, apreté la pluma con fuerza, pero, aun así, ignorando el dictado de mi cerebro y mi energía, la mano, trémula, obedeciendo tal vez a algún espíritu, alcanzó a completar esta línea:

-Estoy harto de dar vueltas en moto repartiendo pizzas-dice John malhumorado

Escribía en presente simple, utilizando el modo indicativo. La mano, se quedó quieta, como esperando. Probé a ver si me obedecía, y se dejó llevar. Y entonces pregunté:

– ¿Cómo?

-Sí, que estoy harto. Me presentaste como un héroe, y hasta ahora no he hecho más que recorrer la ciudad en una motocicleta disfrazado de astronauta. Y con la chica, la que debería ser la heroína, nada de nada. Utilizar su baño y ya. Me tienes harto.

Esta vez apenas me dio tiempo a replicar, ya que casi inmediatamente, la plumilla saltó a otro renglón:

-Hablando de heroínas, a mí también me tienes harta. Me presentas como una “jovencita” frívola, insatisfecha, y poco me falta para parecer una viciosa.

No hace falta que os aclare que era Natalie quién esto decía. La mano reposó de nuevo, a la espera de que yo retomara el control. Y no desaproveché la oportunidad:

-No, pero no es eso. Le estoy tratando de dar un matiz existencial, clásico diría yo, y por eso hice referencias a la caída del imperio romano, la muerte, el sexo, etc.

Inmediatamente, irritada, la mano retomó la escritura sin dejarme continuar mi argumentación:

-Déjate de tonterías, no te hagas el intelectual. Estás muy lejos tú de los clásicos…a ver si te acabarás pareciendo a Jules, siempre ensimismado en sus mundos-Rosa no se ha podido reprimir.

La mano y

la plumilla

La mano había cogido ritmo, y ya no la podía frenar.

– ¡Eh! ¿hablabais de mí? He oído mi nombre…pero estaba en internet y no puse atención – dice Jules incorporándose a la conversación

-Pues si vosotros os quejáis, ¿qué no he de decir yo? –ahora es Jeremiah, Abdelmalek Abubakar, quién, con el ceño fruncido y cara de malas pulgas, toma la palabra- Mi personaje sí que prometía: venía de un país exótico, tenía ideas revolucionarias, iba a hacer un gran atentado…todos grandes elementos para una gran trama. Y, ¿qué has hecho? Nada. Absolutamente nada. Dejarme en la cocina de la casa donde vivo con el supuesto “héroe”, y describirme como un loco sin ton ni son. Estoy harto de estar en la cocina sin nada qué hacer. Y para colmo, el “bueno” de John, el “héroe”, llegando por las noches con su cara de buena gente y suspirando por su Dulcinea, esa que se atiborra de pizzas…

– ¡Alto! ¡Alto! ¿Qué os habéis pensado? –tuve que subir el tono de voz, sino, aquello se salía de madre- No os pongáis así; no todo puede ser a gusto de todos. Y, además, aquí mando yo, que para algo me inventé la historia.

-Ja ja ja- contesta espaciosa, e irónicamente Rosa- Aquí mandas tú, como si esto fuera una pizzería, y tu su dueño, como yo soy de la mía. Mira, aquí no estás solo, esto es mucho más complicado. Y no sólo estamos nosotros. Los lectores también tienen su opinión, si es que los tienes, claro. Por cierto, ¿puedes asegurar que hay alguien que está leyendo tu historia? Tal vez sí que estás más solo de lo que crees-no hay duda que ha heredado la mala leche como de su bisabuela, doña Rosa.

En mi cabeza asomaron las palabras de una amiga lectora que me daba ánimos…y pensé, ¿será mi única lectora, aparte de mi mujer? Y mi mujer me lee porque no le queda otro remedio, que sino…

Mientras le daba vueltas al tema de quién estaría leyendo, la mano volvió a deslizar la plumilla:

-Lo cierto que mi papel tampoco es nada agradecido, y, de hecho, estoy también harto de estar en la isla. Ya me podrías conseguir un vuelo humanitario y sacarme de allá. Por cierto, ¿qué es esto de pones a Natalie como una viciosa? No lo sabía. Ojo con cómo la tratas. ¿Qué es lo que has escrito? Me temo que últimamente me paso demasiadas horas en internet y no me entero de lo que está pasando en el mundo, en el relato…Bueno, me enteré de que enterraste a mi jefe. No me molestó demasiado.

Solté la pluma, para así poder tomar un respiro.

Yo siempre había creído que Jules era uno de los personajes más prometedores, y ahora parecía que languidecía. Algo habría que inventar. Ya un amigo devoto de las series de televisión, me dijo que la trama iba perdiendo fuerza. “No estoy escribiendo una historia para Netflix –le espeté algo airado-, y creo en la fuerza de los personajes es la que saca una historia adelante”. ¿Quién era el personaje-fuerza? ¿Jules? ¿Natalie? ¿John? ¿otros? Esto no te toca a ti, lector. Es mi decisión, mi poder. Aunque me quede solo, como apunta Rosa.

La mano, retomó otra vez:

– ¿Cómo puedes pretender que en esto que llamas capítulos, que apenas tienen 900 palabras, plasmar la psicología de un personaje? Con textos tan cortos, no de da ni para empezar. No hay ambientación, no hay desarrollo psicológico de los personajes, todo se queda en la insinuación.

Enseguida vi de quién se trataba:

-Disculpe Sr Dostoievski, pero es que estamos en otra época, en el S. XXI, y la gente no está para grandes descripciones. Las ambientaciones las pueden ver en televisión; hoy, la gente lee un artículo en el teléfono, una novela en el libro electrónico, una revista en el baño, el diario en la tableta, decenas de correos electrónicos…y van saltando de una lectura a otra como una rana va saltando de hoja en hoja en el agua, para no caer en ella. Nadie quiere caer en la profundidad de una lectura larga, de los personajes complicados, de las descripciones detalladas… La gracia es surfear, no caerse en el agua, y estar un poco en todo y en nada al mismo tiempo. Mi obra es un reflejo de mi época.

-No digas tonterías, hijo -interrumpe Dickens- Si la historia es buena, puede ser todo lo larga que quieras. Y sino, mira el número de páginas en las listas de los libros más vendidos.

-No pretendo escribir un “best-seller” –respondí todo digno.

Aquí la carcajada fue general: Mark Twain, Tolstoi, Dickens, Dostoievski, Kundera, Julio Verne, Cela…reían y reían. Esto lo podía leer yo en la página que apenas había estado unos segundos en blanco.

Soliviantado por tanta revuelta -personajes, autores favoritos- no pude reprimir un:

– ¡C…! ¡Que os den por c…!

Cela, compadecido por mi, y en defensa del verdadero dueño de la mano, sentencia: “Un carallo a tiempo es una victoria dialéctica”

Apareció mi secretario pidiéndome el capítulo de la décima entrega.

Le entregué este texto y le dije: dile al editor que este es un no capítulo. Pero sí una entrega.

La semana que viene, capitulo X.