relato (VII)

MA Asharret

No estoy seguro de si recordáis que el último capítulo terminaba con este párrafo:

“Jules buscaba historias del pasado que le alejaran del KOBIDXLSUN, Jeremiah terroristas que le acercaran al paraíso terrenal por llegar, Natalie un hombre de carne y hueso que le distrajera…”

Y claro, el lector o lectora avezada, pensará: “Ya lo tengo: John se lía con Natalie”. ¿Tan naif y sencillo creéis que es quién esto escribe? Pues tal vez sí…o tal vez no.

Nuestras vidas están llenas de límites, algunos presentados en forma de contratos, amenazas -unas más disimuladas, otras más explícitas- compromisos adquiridos -algunos escogidos, otros no- y otras muchas líneas rojas más o menos visibles.

Sin embargo, el autor de un relato tiene el derecho fundamental de escribir lo que le dé la gana -al fin y al cabo, hasta aquí, paciente lector, no has tenido que pagar un céntimo-, y una obligación crucial: no aburrir. O al menos, no abusar de la paciencia de quién le lee.
Así que volvamos al relato, tanteemos esos límites:

Tras ya más de cien días de confinamiento, la gente oscilaba entre la adaptación -ya sabemos que el ser humano, además de depredador, es el superviviente máximo por excelencia- y la desesperanza.

La desesperanza puede adoptar formas muy distintas dependiendo de en quién se instala. Algunas personas se abandonan al destino y otras toman decisiones radicales e intuitivas. La cara y la cruz de la misma moneda.

El remedio:ALFASUN

La noticia de aquella semana fue que el presidente famoso de un famoso país se había hecho con las reservas mundiales de una crema que podía servir para mitigar los efectos del KOBIDXLSUN. Aunque la comunidad científica no se había puesto de acuerdo sobre cuál era la causa de aquella pandemia -un virus proveniente de un animal, la luminosidad solar o el polvo de estrellas, la capa de ozono, etc.- él tenía claro que se trataba de una enfermedad que empezaba por transmisión cutánea, por lo tanto, había adquirido las reservas mundiales de AlfaSun, un compuesto de óxido de zinc combinado con esperma de toros bravos que parecía mitigar los efectos del KOBIDXLSUN.

Los analistas políticos consideraban aquella jugada como un síntoma claro de que el famoso aprendiz de presidente consideraba que la solución -en forma de vacuna o lo que fuera- estaba lejos, y que su baja popularidad en las encuestas, al igual que la mayoría de gobernantes en el mundo, le empujaba a tomar medidas desesperadas para fingir que tomaba la delantera frente a la crisis.

Mientras tanto, Jules, en su inconsciente abandono, perseveraba en su fuga sostenida de la realidad y había empezado a teclear en su computador palabras como “zares”, “Ekaterimburgo”, “revolución”, “Trotsky”, “escritores rusos” …y de clic en clic acabó entablando conversación con gente extraña que le invitaba a reuniones clandestinas en plataformas encriptadas. Naturalmente, los participantes utilizaban perfiles misteriosos, extraños seudónimos y cada quién compartía su particular visión del mundo. Y aquellos mundos eran mucho más emocionantes y apasionantes que las rutinarias llamadas con Natalie, donde ya quedaba muy poco en común.

Ella había asumido que encontrar a alguien de carne y hueso con quién hablar -y tal vez retozar -más allá del pizzero, que, por cierto, nunca era el mismo, iba a llevar su tiempo. Así que inició también su vida social paralela en internet. Se creó un perfil falso, se autorretrató seductoramente y colgó las fotos, tras difuminarlas un poco, en las redes menos convencionales (o más convencionales, según como se mire). En ellas mostraba su parte, digamos, más gamberra. Lo que la sorprendió fue, no tanto la cantidad de personajes que la querían contactar, sino el placer que sintió al hablar con algunos de ellos. La excitación mal disimulada de los que le habían pedido que pusiera la cámara al hablar, el anonimato de ella y el sentirse dueña de sus pulsiones, el traspasar una de aquellas líneas -los límites de los que hablábamos- le abrió un universo. Y le gustó.

Rosa, la dueña y cajera principal de la pizzería donde trabajaba John, estaba superada por los pedidos. Desde la aparición del KOBIDXLSUN, el negocio había crecido, porcentualmente, casi tanto como Amazon… No daba abasto con la demanda. Desde su pequeño local, entre humos, sudores y gritos, se repartían casi mil pizzas diarias. Cada noche, tras más de dieciséis intensas horas de trabajo en las que daba instrucciones, reñía y vociferaba, como buena gobernanta que era, a repartidores, cocineros y telefonistas, se dedicaba a hacer números de cuánto había ganado aquella jornada. Y especulaba con la duración de la pandemia: cuánto más, mejor.

John llevaba en su motocicleta doce pizzas, y aunque él todavía no lo sabía, una de ellas tenía como destino final el paladar de Natalie.