relato (IX)

MA Asharret

Poco antes del atardecer, a Jules le sonó el WhatsApp de la oficina: acaba de morirse su jefe debido al KOBIDXLSUN. Le había cogido totalmente por sorpresa. El compañero de trabajo que se lo enviaba, le decía que de momento era una información confidencial, y que en un rato recibiría un correo electrónico de la empresa informando sobre el deceso.

Efectivamente, al cabo de unos minutos, llegó el correo. En él, el Director General de la empresa explicaba que no se había informado previamente a ninguno de los empleados de la enfermedad del supervisor de Jules, porque así lo había querido él. Se daba el pésame a la familia, se resaltaba lo buen profesional que había sido -como si aquello fuera algo relevante en aquellos momentos, independientemente de que tenía la gracias de combinar perfectamente la incompetencia con la arrogancia- y en fin, se le daba tratamiento casi como héroe de guerra. Ya sabemos todos que, una vez terminadas las pompas fúnebres, viene aquello de “el muerto al hoyo, y el vivo al bollo”.

Sentado en la cama, Jules se preguntaba cuanto tiempo iba a durar aquello -ya llevaba casi cuatro meses encerrado en la habitación con vistas-. Su situación profesional era incierta: le habían rebajado un 25% el sueldo, cancelado las dietas de viaje -aunque le seguían cubriendo la estancia en aquella habitación de la que no podía salir-, y había recibido mensajes no tan subliminales de su difunto jefe de que tal vez cuando regresara, le tendrían que cancelar el contrato. Al jefe, que al transmitir este mensaje siempre utilizaba un tono misterioso, como dando a entender que sabía más de lo que decía, y disfrutaba viendo a Jules revolcarse en la incertidumbre, la vida le había cancelado un contrato más importante…

La muerte se había convertido en una vulgaridad. La muerte, para el que la vive -es decir, el que se muere- es tan importante como el nacimiento. Inicio y punto final. A no ser que haya algo más después, pero eso por el momento, tanto Jules como la mayoría de los mortales lo ignoramos. Y no está el jefe de Jules para explicárnoslo con su tono misterioso.

Deep

Web

La muerte en tiempos de paz es algo muy serio, y en todas las civilizaciones hay ritos funerarios cuando alguien se muere. En tiempos de guerra, la muerte, aunque se masifique y no siempre haya tiempo para proceder con los ritos, mantiene su solemnidad, ya que es parte fundamental de una tragedia individual y colectiva.

Si embargo, en tiempos de KOBIDXLSUN, la muerte se había convertido en otra cosa: los medios de comunicación -periódicos, radios, televisión, redes sociales…- sacaban estadísticas y datos sobre el número de fallecidos con tremenda frialdad, casi frivolidad. La forma de presentar las estadísticas sobre el número de muertes en cada país se parecía más a la clasificación de equipos en un Mundial de fútbol que a los miles de dramas individuales que suponía aquello. Como si la sombre del infame Koba, Stalin –“el padrecito de los pueblos”- se hubiera alargado, los medios se habían amoldado perfectamente a aquella célebre frase que se le atribuía: «La muerte de un hombre es una tragedia. La muerte de millones es una estadística». Mientras reflexionaba sobre esto, se daba cuenta que estos pensamientos, si hubieran sido compartidos durante una reunión de amigos en los años 30 del S.XX, en la URSS, le hubieran llevado directamente al gulag…mejor estar en la habitación con vistas.

Como colofón a sus alegres meditaciones, Jules recordaba una estadística que le había llamado la atención -a través de las redes la gente compartía cifras de lo más extrañas- la siguiente información: cada día nacen 372.960 personas y mueren 155 520. Saldo neto diario: 217.440. Es decir, cada año tenemos una Alemania, o un a Turquía nueva.

El KOBIDXLSUN tenía trabajo que hacer si quería evitar el desastre medioambiental del planeta.

En estas reflexiones no muy convenientes andaba Jules, y ya el sol se empezaba a poner.

Se preparó un gin-tonic bien cargado, mientras la redonda anaranjada caía sobre el horizonte dando al mar una luminosidad centelleante, y se sintió de nuevo atraído por las profundidades…no del mar, sino de la red, de la mítica “Deep Web”.

Allá, uno se mezclaba con bots, sombras digitales, alter egos, trasuntos, usuarios que se habían inventado a sí mismos a su gusto y medida. Eran las auténticas catacumbas del S. XXI, y a uno no se lo iban a devorar los leones, como a los cristianos en tiempos de Nerón. Lo peor que podía pasar era ser olvidado, diluido, o bloqueado, entre el infinito número de sujetos digitales, lo cual, comparado con ser devorado, no es tan doloroso.

A través de las llamadas “arañas” (“web crawlers” en inglés), Jules accedía a bases de datos que habían sido generadas e indexadas previamente, y entonces ingresaba a una región prohibida, mística, de internet, en ocasiones conspirativa, a veces peligrosa…

En esos mismos instantes -esos en los que se eligen caminos sin ser consciente de ello-, Natalie ingresaba en otra región prohibida: se masajeaba los pechos con aceite frente a la cámara, haciendo suspirar de deseo a unos de sus admiradores. No buscaba sexo. Era una distracción, era romper ya no sólo con al aburrimiento, sino con aquella pausada indeterminada que llevaba a ninguna parte. Definitivamente, si a ella le hubiese tocado vivir la caída del imperio romano o el hundimiento de Berlín en 1945, habría participado en una de aquellas orgías desesperadas que celebraban la vida y la muerte al mismo tiempo. Algo que probablemente, solo se puede hacer en el ocaso, individual o colectivo.

Pero en tiempos de KOBIDXLSUN, no había espacio para tanta solemnidad y tragedia. Todo era mucho más vulgar, como la muerte en tiempos de KOBIDXLSUN.