relato

MA Asharret

Era un día caluroso y húmedo de marzo cuando el presidente de aquella nación anunció que cerraba todas las fronteras aéreas y marítimas del país. El primer impulso de Jules fue pensar que las terrestres todavía estaban abiertas y que podría cruzar la frontera, pero…de repente se acordó de que estaba en una isla.

Jules viajaba a aquella isla frecuentemente. De hecho, desde hacía más de un año se alojaba siempre en la misma habitación, del mismo hotel, con vistas al mismo mar. Al tratarse de un hotel turístico, le aligeraba la sensación de estar trabajando. Pero se encontraba en aquella isla paradisiaca por obligación, no por devoción.

Hacía unas semanas que en un lejano país habían adoptado medidas similares en respuesta a un misterioso fenómeno, al que los científicos habían denominado KOBIDXLSUN. Nadie se atrevía a dar estimaciones de cuánto podía durar aquello, pero el escenario más optimista auguraba no menos de dos meses.

Respiró profundo y se sirvió un gin-tonic sin limón. Lo tomó con calma mientras chateaba a su novia, que, a unos cuántos de miles de millas, pedía una pizza a domicilio.

A Natalie nunca le habían pesado excesivamente los viajes de Jules. De hecho, consideraba que ayudaban a mantener el interés de la una en el otro y a que cada cual preservara su pequeño pedazo de intimidad. Además, como cada uno vivía en su apartamento -según Natalie, la mejor receta para la vida en pareja era no tener vida en pareja-, no le invadía la sensación de nido vacío.

Llegó elKOBIDXLSUN

El primer ministro del rico país de Natalie y Jules aún tardaría unas horas en declarar el estado de excepción, alarma…espanto o susto, como quiera que se llamara. De hecho, al cabo de unos días, de los 194 países del mundo reconocidos por la ONU, sólo 8 habían dejado de tomar medidas excepcionales -y algunos ya las habían tomado parcialmente – para evitar el fenómeno del KOBIDXLSUN.
En su mensaje a Natalie, le comunicaba que se tenía que quedar por un tiempo indeterminado en aquella isla, que estaba bien, y que a ver cuándo podían charlar un rato. Le enviaba besos y le recordaba cuánto la amaba.

Terminado el gin-tonic, llamó al servicio de restaurante para pedir la cena. Le advirtieron que no todo el menú estaba disponible, ya que por decreto presidencial había que racionar cierto tipo de alimentos. También le pidieron que esperara un rato ya que debían aplicar unos protocolos -todavía desconocidos en aquel preciso instante, y que a los pocos días se convertirían en un hábito totalmente integrado en la vida- antes de servir cualquier comida.

También envió un correo electrónico a su jefe, informándole de la situación y proponiéndole una llamada al día siguiente para ver qué decisiones y medidas adoptaban ante el nuevo escenario.

Puso la televisión y en todos los canales no se hablaba de otra cosa: el impacto del KOBIDXLSUN a nivel mundial y el período de incertidumbre que se abría. En las redes sociales, en las noticias de las aplicaciones del teléfono, en la radio…el KOBIDXLSUN había invadido la agenda y la narrativa de todos los programas.

Un héroesingular

Natalie siempre se había sentido una mujer una fuerte, y ese sentimiento se acentuó al leer el mensaje de su novio. Ella estaba bien, en su casa, en su país, con los suyos cerca -aún no había dimensionado que ahora todo el mundo estaría a la misma distancia virtual- y con un trabajo que ya desde hacía más de un año realizaba desde casa. Pero estaba algo inquieta por él. Tal vez porque siempre había estado más enamorado, parecía más dependiente, no sólo en la relación de pareja, sino en general. Y quizás, sin saberlo, era lo que le gustaba de aquella relación: la fragilidad de él le hacía sentirse fuerte a ella.

Cuando hablaron por teléfono al día siguiente, él ya había degustado la cena que iba a ser su menú fijo los próximos meses, aunque Jules esto no lo sabía. Fue una llamada cariñosa, donde ambos le quitaron importancia al asunto, sobre todo él, ya que era el que estaba más inquieto. Ella le alentó y le mencionó la sarta de actividades que se podían hacer por internet, animándole con aquello de “entre éstas y las obligaciones del trabajo, seguro que no te aburres”.

Mientras ellos hablaban, nuestro héroe manejaba una motocicleta a toda velocidad, con 6 pizzas en el cajón de la parte trasera de la moto. No sólo llevaba un casco integral -con gafas de sol incluidas- sino también un traje protector ultravioleta. Era la imagen perfecta de un astronauta en motocicleta.