Para quien aún no lo sepa, Frank Gehry es uno de los grandes arquitectos de nuestro tiempo, tanto que recibió el premio Pritzker (el Nobel de la arquitectura) en 1989. Y aún le quedaba por crear su obra más reconocida: el museo Guggenheim de Bilbao, en España. Eran los años de los arquitectos estrella: Foster, Calatrava, Zaha Hadid, Koolhaas, Herzog y de Meuron… El propio Gehry se hizo tan importante que hasta aparece en un episodio de los Simpsons.

¿Todavía no conoces su obra en Panamá? Aprovecha este fin de semana veraniego y date una vuelta por el Biomuseo, a la entrada del Causeway de Amador.

Arquitectura modernay tropical

Este edificio supone un enorme salto de calidad en la imagen arquitectónica que Panamá le enseña al mundo. Y es que, más allá de consideraciones estéticas, el Biomuseo hace algo que, aunque parezca evidente, parte de la arquitectura panameña olvida: asumir que está en un país tropical. El recorrido del museo te obliga a salir al exterior varias veces y, «¡Oh sorpresa!» Nos demuestra que puede existir el confort sin aire acondicionado, y lo hace copiando las estrategias que los pobladores de nuestro istmo llevan haciendo mucho tiempo: techos generosos que resguarden de la lluvia y faciliten el paso de la brisa.

Tras recibir la primera lección bioclimática en un gran patio central abierto, con espectaculares vistas al Canal y a la bahía, comienza la lección sobre biodiversidad en cada una de las unas salas que fueron proyectadas por el diseñador Bruce Mau, coordinador de un equipo multidisciplinar (científicos del Instituto Smithsonian y la universidad de Panama colaboraron en un proceso que el propio Mau calificó de “iterativo”), que son el elemento generador del proyecto arquitectónico, un recorrido didáctico, apto para todos los públicos y realmente entretenido.

No es un museo convencional, no es un contenedor de obras, es un museo que narra una historia de la formación del istmo de Panamá y, de paso, nos revela la teoría del doctor Stanley que es como para bordarla en la bandera, ya que implica que todos los humanos son panameños.

El recorrido es toda una experiencia sensorial, de formas, videos, temperaturas y hasta olores, francamente recomendable. El edificio, además, debería convertirse en el nuevo icono de la ciudad, en el más visitado del país (la consultora KPMG calculaba cerca de medio millón de visitas al año.

El Biomuseo es una muestra de que sabemos hacer cosas más sostenibles y adecuadas a nuestro clima que esas inmensas moles de cristal con el aire acondicionado tan bajo que podríamos estar paseando por Nueva York en enero y no en Multiplaza o cualquier otro mall. Una arquitectura que, aunque pueda tener sus detractores, es contemporánea y está dotada de identidad.

Foto: Editorpana – Trabajo propio