“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, escribió el poeta suicida Cesare Pavese. Por más que, a propósito del Día de Difuntos, uno hiciera calas a la búsqueda de punzantes sentencias sobre la muerte, ningún epitafio logra superar en grafismo y musicalidad (fúnebre) a ese desgarrador pronóstico, cuya argucia consiste en que, planteándose ya como una inexorable necrológica, es todavía un vivísimo futurible (“Vendrá…Tendrá…”). «¿Cómo era morirse? / ¿Como si nunca hubiéramos nacido?», se preguntaba, desconsolado, el poeta de la Generación española del 50 Luis Feria. Y Octavio Paz reclamaba, por su parte: “Los muertos están fijos en su muerte / y no pueden morirse de otra muerte”.

Ya no existe la muerte

La muerte se individualiza cada vez más. De hecho, «ya no existe la muerte; sólo existe el muerto», afirma un personaje del también desaparecido narrador Francisco Umbral. Y no solo eso: el acto de morir se banaliza y se vuelve más inmanente y contingente. En su novela El don de la vida, el colombiano Fernando Vallejo otorga a la muerte, incluso, benefactoras cualidades de andar por casa: «Al final de cuentas la Muerte no es tan mala, es una buena mujer», dice el anciano narrador: «Consuela al triste, reivindica al pobre, cura al masturbador, duerme al insomne, pone a descansar al cansado… Practica obras de misericordia «inéditas», como dirían hoy los exquisitos». Se le otorgan, pues, irónicas cualidades redentoras: «Va a dejar por fin el planeta de los simios gesticulantes, siéntase afortunado», le dice ahí la muerte al interlocutor que ha venido a llevarse. El mensaje más cabal de Vallejo es que, en esas «vacaciones eternas», la muerte vendría siendo como dormir pero sin ápice de insomnio, y sin el engorro de tener que levantarse a orinar.

La vida unamuerte que viene

Lo cierto es que, cuando los nichos semejan bloques de apartamentos; los crematorios, uno de los pocos espacios no libres de humo permitidos y los antiguos coches fúnebres, meras furgonetas de reparto, la muerte es ya el prosaísmo de un olvido. Y es también, por eso mismo, una coartada para la ambivalencia: un alma de doble filo, que sirve por igual como horizonte de conmiseración -ante la expectativa del finiquito compartido sin remuneración alguna-, que como añagaza para la impunidad final: ese indulto postrero que saben que les aguarda a los corruptos (al cabo, lo serán después sus cuerpos), y que -como en «el bandido y su hembra» del verso de Dylan Thomas- vuelve «fantasmales» sus fechorías.

Más sereno y frío, Jorge Luis Borges invitaba a pensar que “la muerte es una vida vivida, mientras que la vida es una muerte que viene”. De ahí la falacia, además de una convidación a cierto idiotismo e impasibilidad, el pretendido consuelo de Epicuro: “Cuando estoy yo no está la muerte; cuando está la muerte no estoy yo”. Lo segundo, bien mirado, podría considerarse un remedio de la abuela que nos llega a destiempo; pero lo primero es de una rotunda falsedad, pues no de otra cosa puede estar fraguado un “yo” que de muertes sucesivas. En realidad, la primera persona del singular está reñida con el tabú de la muerte, pues, a todas luces, nadie vive en “el otro barrio” distinto al que vive, y uno de los más elocuentes axiomas del psicoanálisis es que nuestro inconsciente es incapaz de asumir la propia mortalidad: que, para éste, en realidad, los que se mueren son siempre los otros.

Elías Canetti ha hecho reflexiones demoledoras a este respecto: sobre el secreto sentimiento de superioridad ante al difunto, y que debería hacernos palidecer en muchos velatorios. Definitivamente, la primera persona del singular está incapacitada para conjugar la muerte. El Día de Todos los Santos es el día de los Otros. Como señala el pensador centroeuropeo, el momento de sobrevivir (al difunto) es el momento del poder. «El espanto ante la visión de la muerte se disuelve en satisfacción, pues uno mismo no es el muerto», afirma.

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