Hasta hace muy poquito tiempo si llegabas a la isla de Coiba, un paraíso escondido en la provincia de Veraguas, no era para disfrutar de sus aguas cristalinas y la tranquilidad de sus montañas sino para sufrir, al menos si entrabas sin uniforme. El Centro Penitenciario de Coiba era el último lugar en la tierra al que los presos de Panamá querían llegar. Para Narciso Bastidas era el primero.

Con tan sólo 22 años este joven procedente de la comarca de Guna Yala fue condenado a 17 años de prisión por homicidio. El 6 de diciembre de 1986, “dos días antes del Día de la Madre”, recuerda con tristeza, ingresó en La Modelo, una antigua y temida cárcel de Panamá, situada en El Chorrillo, de la que era imposible escapar. “Íbamos puros homicidas, no te podías fiar de nadie”.

Luego seremoslibres

Su primo había estado también involucrado en el homicidio pero apenas duró dos meses en La Modelo cuando lo trasladaron al Centro Penitenciario de Coiba por mal comportamiento. Allí trabajaba en la marina, y dado que tenía fácil acceso a los botes y a la gasolina, no tardó en tejer un plan de fuga, en el que entraba Narciso, todavía en la cárcel de la capital. “Debes llegar a la isla cuanto antes. Luego seremos libres”, le decía su primo en las notas que le enviaba desde Coiba.

Mali, como se le conoce a Narciso, era panadero en La Modelo. Desde las 4 de la madrugada hasta las 6 de la tarde hacía pan para todas las prisiones de la ciudad. Un día le dijo a su jefe, también preso y panadero, que debía hacer algo para ser castigado y enviado a Coiba. “Hicimos la película, él mismo se cortó y me acusó de haberlo apuñalado”. A los dos días Mali estaba subido en un avión, rumbo a la isla, esposado junto a El loco Brian y a otros seis castigados. Sólo él sonreía.Durante el gobierno de Omar Torrijos (1969-1981) y la dictadura de Manuel Antonio Noriega (1983-1989), la prisión de Coiba se había convertido en un campo de concentración de presos políticos y peligrosos delincuentes. “Decían de Coiba barbaridades, sabíamos que nos iban a maltratar.”

El 27 de enero de 1988 Mali pisó la isla de Coiba. Se acuerda de la hora exacta, las 3 de la tarde. Al llegar, los presos recibían la “calle de honor”: un pasillo formado por veinte policías que les asestaban palos hasta el final del recorrido. “Era su manera de decirte que habías perdido todos tus derechos”. Pero Mali llegó directo a la celda de castigo. Tardaría unos días en descubrir el horror que se vivía en aquel pedazo de tierra al que llegaban muchos más de los que salían.

En Coiba los presos estaban en “libertad”. No había ni barrotes ni cuatro paredes. Al menos no durante el día. Había 23 campamentos con unos 40 reos y siete policías en cada uno de ellos. Cada preso tenía su oficio: hacheros, macheteros, cocineros, agricultores… La sirena sonaba a las 4 de la madrugada, se aseaban y recibían el desayuno, el nazareno, unos plátanos sancochados con té aguado. A las 6 de la mañana pasaban lista y arrancaba la jornada laboral. Mali formaba parte de “los perros de la guerra”, un grupo de macheteros que limpiaban las malas hierbas para recoger yuca, plátanos y toda clase de verduras. Comían lo que recolectaban, pero sólo durante la hora de la comida. El que recogía una fruta y le hincaba el diente a destiempo recibía una dura reprimenda. También cazaban ñeques, iguanas, tortugas o recogían cambutes (marisco). “Gracias a nosotros los jefes ganaban mucha plata. Aquello era una ciudad y ellos tenían mano de obra gratis”, recuerda.

A las 6 de la tarde regresaban a los campamentos para ingresar en las celdas, donde pasaban la noche. Eran espacios cerrados pero con rotos y descosidos por todas las esquinas. Daba igual, huir no era una opción. Quienes lo habían intentado acababan siendo devorados por los tiburones que rodeaban la isla o durante el férreo castigo de los policías tras ser descubiertos.

el plan perfecto

Sin embargo, el primo de Mali parecía tener el plan perfecto. Sabía cómo robar la barca de la marina y había ido escondiendo tanques de gasolina en la arena. Tenía suficientes para llegar al continente. “Esta noche nos vamos”.

Eran ya las 12 y la marea estaba alta. Su primo lo esperaba en el puerto. Mali amarró una sábana y se guindó de ella. No podía llegar al suelo y los segundos corrían. El policía tardaba tan sólo tres minutos en dar la vuelta al campamento. Así que soltó las manos y ¡zas! sintió el cambute y el vidrio clavándosele en los pies. “Cuando traté de levantarme no podía, tenía los pies desbaratados así que me arrastré y me tiré al mar.” El puerto estaba a unos 100 metros de la celda por lo que no le costó mucho llegar al bote. Allí estaban Guaguancó, Luis Guerra, Cosita, su primo… En seguida se dio cuenta de que no podía ir con ellos, ponía en peligro la libertad de los demás. “Sigan y no se detengan, les dije”.

Regresó a la orilla y se escondió en la arena, en uno de los botes que estaban boca abajo. Era la una de la mañana, hacía frío y aún quedaban tres horas para la sirena. Apenas la oyó caminó lentamente hasta su celda mientras escuchaba el murmullo de los policías. “Se dieron cuenta de que habían robado la lancha y ¡chuleta! empezó la contadera, el patrullaje”.

Tras cinco días de búsqueda los prófugos fueron hallados en Soná, en el continente. Sólo uno logró escapar, Guerra, pero lo mataron tiempo después en la ciudad de Panamá. Según Mali, sus compañeros corrieron la suerte de haber sido capturados en tierra firme. “Si los hubieran agarrado en alta mar ellos no cuentan la historia.” Coiba se había convertido en la isla sin ley. Si no seguías las normas, desaparecías.

El castigofue cruel

El castigo para los prófugos fue, como esperaban, cruel, inhumano. Mali vio a su primo amarrado, durante días, recibiendo palos. Los presos tenían prohibido hablar con los castigados, así que Mali gritaba al aire y desde lejos frases en guna. “Eran para él, usted es guna, le decía, va a aguantar su castigo… Me pongo triste al recordarlo. Él era un artista, tenía la voz de Camilo Sexto”. Mali habla en pasado al recordarlo, pero su primo sigue vivo. Un año después logró escapar y a día de hoy sigue prófugo. “Un policía me dijo hace poco que se había encontrado con el Trovador, como le dicen, y me preguntó que qué hacía. Déjelo, le dije, ha pasado ya mucho tiempo.”

Entre idas y venidas de un campamento a otro pasaron los años y Mali intentó fugarse de nuevo. Llevaba casi diez años sin ver a su familia, que no tenía recursos económicos para llegar hasta la isla. Sus padres pensaban que había muerto. Escapar de allí seguía siendo su prioridad. Fabricó su propia barca de madera. Lo descubrieron y fue castigado.

El tercer intento de fuga llegó con la invasión de Panamá, en 1989. Ese 20 de diciembre Mali había ido a buscar cambute. Al salir del agua vio una bandada de pelícanos que venía a ras del mar. Pensó que eran bastante diferentes al resto de pelícanos que había visto hasta entonces y de pronto se dio cuenta de que eran helicópteros.

La noche anterior los policías del centro habían requisado las radios. “Sabíamos que algo raro estaba pasando. ¿Por qué no querían que oyésemos las noticias?” Por la mañana corría el rumor de que había un ataque por parte de los gringos. Estados Unidos estaba invadiendo Panamá.

Los comandos de Noriega estaban en Playa Hermosa y llegaron a Coiba con sus armas, aunque sin intenciones de pelear. “Estábamos en guerra, era un sálvese quien pueda”. Los policías se quitaron los uniformes y se mezclaron entre los presos. Entonces no se supo quién cumplía condena y quién no.

Los gringos patrullaban toda la isla en busca de policías. Los libres eran presos, los presos eran libres y los que aún quedaban en Coiba estaban preparando la salida. Mali era uno de ellos. Se reunió con un grupo para agarrar una barca pero vio que eran demasiados y las barcas muy pocas. Y empezó la pelea por ver quién subía primero. “Yo no iba a agarrarme con nadie, llevaba una cuchilla y ellos machete.” Desistió. Ese año los presos de Coiba volvieron a casa por Navidad.

“Lo intenté con mi primo y fracasé, luego con el bote que hice y me agarraron y luego con la invasión y tampoco. Tres veces y no lo consigo, ya no más”. Ese fue para Mali el momento en el que aceptó su castigo, aquel que había prometido cumplir la noche del 29 de noviembre de 1986, cuando acudió a la Iglesia Batista Guna de la 5 de mayo para confesarse por lo ocurrido el día del homicidio.

la invasión

A partir de la invasión las cosas en Coiba empezaron a cambiar. El 17 de diciembre de 1991 el entonces Presidente de Panamá, Guillermo Endara Galimany, decretó bajo resolución que el Centro Penitenciario de Coiba pasaba a ser el Parque Nacional de Coiba. Y en 1993, tan sólo tres años después de la caída de Noriega, empezaron a llegar los primeros investigadores de la Agencia de Cooperación Española para adentrarse en la flora y la fauna del parque.

Mali conocía el terreno como la palma de su mano, manejaba botes y sabía señalar con los ojos cerrados la trayectoria de la tortuga Carey (en peligro de extinción). Era el compañero perfecto para los investigadores. “Yo le di duro a Carey en Coiba, ¡pobrecita mía! la mataba para hacer collares y venderlos”. Ahora incluso hay una Carey que lleva su nombre: Mali. “Con los investigadores empecé a entender la importancia de la conservación de las especies y a valorar la riqueza de Coiba. Me nació el amor por esta isla”.

Durante más de cuatro años Mali trabajó mano a mano con ellos, hasta que el 6 de agosto de 1998, con trece años y ocho meses cumplidos de su condena, le notificaron la libertad condicional. Debía mantenerse en el país y reportarse una vez al mes, así que fue a la ciudad y consiguió trabajo como lavandero en el Hospital San Miguel Arcángel, donde lo aceptaron valorando su sinceridad cuando en la entrevista dijo: “Mire, yo vengo de Coiba, nadie me quiere contratar”.

Pero tras dos años en el hospital le dijo a su jefe que se iba, que necesitaba volver a la isla. Más de diez años había pasado Mali en un paraíso manchado de sangre, testigo de los más deplorables crímenes contra la humanidad y, sin embargo, lo echaba de menos. “Quería que la prisión se cerrase para siempre, que la isla se conservase como Parque Nacional, y quería ser parte de ello”.

En el 2001 empezó a trabajar con ANCÓN, una organización que protege los recursos naturales de Panamá. Y hace dos años pasó a trabajar para el Ministerio de Ambiente. “Ahora soy funcionario del Gobierno”, dice con orgullo.

“Hasta que pueda me gustaría estar en Coiba, me gusta mi trabajo, el mar, la naturaleza, los animalitos, los insectos…”. Mali pasa quince días en la isla y otros quince en la ciudad. Junto con los otros compañeros guarda parques, recibe a los turistas en la isla y vela por el cuidado y la protección del Parque. Él ha contado su historia en pequeñas píldoras y esta es una de ellas. Pero sueña con escribir su propio libro. “No quiero ser uno más que se vaya a la tumba con historias que deberían ser contadas”. Según él, muchos policías serían castigados por lo que hicieron si otros ex presidiarios hablasen. Sin embargo ese, asegura, no es su objetivo. “No les guardo rencor”.

Cuando le pregunto cómo pudo sobrevivir a la barbarie de Coiba, Mali me confía su secreto: “Soy guna, creo en la madre tierra, utilicé el poder de la naturaleza”. ¿Se puede amar a una naturaleza que te ha visto sufrir? Cada árbol, cada ola, incluso cada grano de arena ¿no le recuerdan el dolor, la sangre…? Mali niega con la cabeza. Ya son muchas las mareas desde que en Coiba dejaron de oírse lamentos. Sin embargo, hay algunas cosas que siguen ahí: la tabla con las cosechas del mes, algunas celdas derruidas y un cementerio con un número desconocido de almas, todas testigos de que un día hubo un infierno en un paraíso.

Fotos: Nick van den Bergen Unsplash, Nerea López y ATP