Os invito a bostezar conmigo, algo que haréis con seguridad mientras leéis esto, aunque no me estéis viendo. Es curioso lo del contagio de los bostezos, todo el mundo sabe que sucede pero desconoce el por qué, incluso los científicos no se ponen de acuerdo al respecto. El origen de esta acción espontánea continúa siendo para ellos motivo de controversia y especulación, aunque parecen coincidir en que están relacionados con la empatía y los vínculos sociales. Algunos investigadores sostienen que, al ser los bostezos capaces de contrarrestar aumentos transitorios de la temperatura cerebral y corporal, esa puede ser una razón para preservarlos evolutivamente y condicionar su naturaleza contagiosa. Los seres humanos actuamos por imitación, lo que es bueno para uno es bueno para todos, obramos generalmente por empatía, una expresión primitiva de pensamiento social.

Según Matthew Campbell, profesor de psicología en la Universidad de California, «una posibilidad es que en las especies sociales que coordinan sus niveles de actividad, copiar los bostezos puede ayudar a sincronizar el grupo». También hay quien proclama que la familiaridad, la proximidad genética, provocan un aumento del contagio de los bostezos. Es decir, te contagiarás más de tu madre que de un taxista. Pero esto tampoco se puede afirmar, es más, uno de los mayores trabajos realizados recientemente concluyó que lo único que se relaciona con el contagio es la edad, «cuanto mayores nos hacemos, menos nos contagiamos» concluyen los investigadores. Y así hasta el infinito, porque lo cierto es que nadie se pone de acuerdo y continuamos sin saber el porqué del factor mimetismo.

Muchos animalesbostezan

Andrew Gallup, profesor de psicología de la Universidad de Nueva York disiente de la teoría de la edad y se inclina más por la de la empatía: «su contagio evolucionó para mejorar la vigilancia» afirma. Mientras los especialistas discrepan, todos seguimos bostezando cuando vemos a otro hacerlo, y no somos los únicos, muchos animales lo practican (reptiles, perros, gatos, monos, pájaros y peces) y se sabe que lo hacemos incluso antes de nacer, en el vientre de nuestra madre, a partir de las 20 semanas de gestación.

La cuestión es que si los humanos continuamos abriendo repentinamente la boca de forma desmesurada después de miles de años, debe haber una razón válida para ello. Algunas de las teorías que lo explican son:

Oxigenación. Cuando disminuyen los niveles de oxígeno en el cerebro, el bostezo serviría para proporcionar una dosis que contrarreste ese efecto. No está para nada confirmado.

Activación. Solemos bostezar antes de dormirnos, al despertar o cuando nos sentimos cansados, somnolientos o aburridos. Al hacerlo, el nivel de alerta sube como si el cerebro le dijera al cuerpo «oye, mantén la vigilancia». Esto también está por demostrar.

Temperatura. Esta hipótesis gana terreno, la apoya entre otros un estudio de la Universidad de Princeton que sostiene que al bostezar refrigeramos el cerebro, disminuyendo su temperatura. Andrew Gallup la secunda al afirmar que hacerlo ayuda al cerebro a mantener su temperatura óptima, ya que odia estar caliente. Se ha demostrado que los bostezos disminuyen si nos ponemos un paño mojado con agua helada en la frente, así que quizás sea la más acertada, aunque nuestro ya amigo Campbell advierte que las tres teorías son compatibles pero que las evidencias de esta última no son absolutas.

Y recientemente llegó Robert Provine, neurocientífico de la Universidad de Maryland, y formuló una nueva teoría que sostiene que los nervios y el estrés hacen que bostecemos más. Vaya por Dios. Ciertos animales lo hacen en situaciones de conflicto, agresividad o estrés y el hombre que bosteza exageradamente en un aeropuerto será observado con atención, ya que la TSA (Administración de Seguridad en el Transporte) incluye esto entre las 92 actitudes sospechosas de los pasajeros.

¡Hala! ya os he ayudado a oxigenar el cerebro.

Foto: Sophie Dale en Unsplash