¿Han conocido alguna vez a un hombre casado, padre de dos hijos, que, con el consentimiento y apoyo de su mujer, haya comprado un hotel para adecuarlo de tal manera que pudiera mirar sin ser visto las prácticas sexuales de sus huéspedes por más de una década? Probablemente, ustedes no. Guy Talese, sí.

El padre junto Tom Wolfe del Nuevo Periodismo ha tardado 36 años en contarnos en una extensa crónica publicada por la revista The New Yorker, como anticipo del libro que está por venir, por qué Gerald Foos (que así se llama el voyerista) adquirió el motel Manor House ubicado en la localidad de Aurora, Colorado, Estados Unidos.

Después de desmenuzar críticamente en The kingdom and the power (1969) al medio de comunicación más poderoso del mundo, The New York Times, y en el que comenzó como «chico de la fotocopiadora» para pasar luego a ser reportero de deportes; después de intimar con los Bonano, una de las más temibles familias mafiosas italoamericanas en los 60 -el periodista es hijo de un sastre de origen italiano- y contárnoslo, siempre en primer persona, en Honor thy father (1971); después de investigar durante más de diez años las costumbres sexuales de los estadounidenses y relatarlo en Thy neighbor’s wife (1981), Talese se ha reservado, quizás, en el que sea su último gran relato de no-ficción, su obra más polémica. Si cabe.

Espió a susclientes

Foos cuenta al periodista con todo lujo de detalles como comenzó, allá por 1966, a espiar a sus clientes. Parejas del mismo sexo, de sexo contrario, tríos, grupos, dúos caucásicos, interraciales… miles de relaciones sexuales minuciosamente anotadas por el gerente en el diario que años más tarde le proporcionaría fotocopiado a Talese para que lo convirtiese en periodismo literario.

Tal que de un informe sobre comportamientos sexuales se tratara, Gerald Foos fue apuntando todas y cada una de las prácticas y posiciones (penetración, sexo oral, masturbación, delante, detrás, encima, de lado…) que realizaban sus huéspedes. También las peculiaridades físicas, anímicas, psicológicas o sociales de aquellos que visitaban por una noche su push.

Al finalizar el año, Foos redactaba un informe. Así, cuenta Talese, sabemos que, por ejemplo, en 1973 de los 296 actos sexuales que registró, 195 fueron entre blancos heterosexuales, la mayoría de ellos fans de la posición del misionero. Foos contabilizó ese año 184 orgasmos masculinos por 33 femeninos, lo que vendría a reafirmar la teoría que las mujeres les cuesta llegar al orgasmo (o su partner no logra hacerlo). O que si bien ese mismo año solo observó cinco actos sexuales entre parejas de distinta raza, siete años más tarde el número había aumentado hasta 25, lo que vendría a ser una pequeña, pero significativa muestra, de los cambios sociales experimentados en el país.

De esta forma Gerald Foos no solo pudo disfrutar contemplando los actos sexuales de otros -al parecer, según Talese, algunos los miraba en compañía de su mujer, por lo que el observatorio situado sobre el techo de las habitaciones de los huespedes hizo las veces de extensión de la cama matrimonial- sino que desarrolló una minuciosa investigación sociológica. Algo así como la actualización y ampliación no autorizada (y fraudulenta) del informe Kindsey, dos inmensas investigaciones científicas sobre el comportamiento sexual del hombre y la mujer estadounidenses llevadas a cabo por el doctor Alfred C. Kinsey y su equipo unos pocos años antes que al hotelero le diera por poner en práctica su voyerismo.

Hasta aquí, todo, más o menos bien (recuerden que el dueño del push fue testigo de todos estos actos sexuales sin el consentimiento de las personas que se alojaban en él). La polémica (y el por qué les contamos esta historia) se ha desatado en Estados Unidos porque el reportero no solo ocultó durante más de tres décadas los actos delictivos de Foos sino que, como reconoce en el artículo, fiel a su estilo de inmiscuirse activa y personalmente en las historias que narra, participó como voyerista la primera vez que conoció a Foos y éste lo llevó a su hotel.

Los años que Talese guardó su historia parecen tiempo suficiente para que los posibles delitos cometidos por el reportero y el voyerista hayan prescrito. El debate sobre los límites éticos del periodismo está servido.

Pero por si esta polémica no les interesa, al menos fíjense bien en las paredes y techos de los push, si es que piensan visitar alguno en el futuro.

Ilustración: portada del libro de Guy Talese