Desde hace un cuarto de siglo, en la aldea keniana de Umoja (cuyo nombre en suajili significa Unidad) no viven más hombres que los que han nacido allí. El resto son mujeres. Ellas han conseguido vivir de su propio trabajo, han resistido agresiones externas e incluso han superado dos escisiones. La primera fue en 1995, cuando un grupo decidió formar su propio poblado (las mujeres Nachami). La otra hace apenas unos meses, cuando la mitad de la comunidad creó una tercera aldea llamada Unity. Todas las mujeres que viven aquí tienen algo en común: han sufrido violencia sexual, mutilación genital o han sido obligadas a casarse de niñas a cambio de unas cuantas vacas. Hoy en Umoja viven casi 50 mujeres junto con sus más de 200 hijas e hijos.

Los samburu, grupo étnico del norte de Kenia al que pertenecen las mujeres de Umoja, son una cultura profundamente patriarcal, en la que los hombres de mayor edad rigen el destino de su gente. Las mujeres no pueden opinar o tomar parte en las decisiones, y la lucha por sus derechos ha tenido terribles consecuencias. Y si no, que le pregunten a la fundadora, Rebecca Lolosoli, quien hace más de 25 años imaginó Umoja desde la cama de un hospital mientras se recuperaba de una paliza que recibió a manos de un grupo de soldados británicos, tras denunciar las agresiones a las que estaban siendo sometidas las mujeres de su aldea.

Una culturapatriarcal

En ese momento, ella y otras 14 mujeres que también fueron víctimas de esta barbarie, empezaron a buscar la forma de generar ingresos que les permitieran ser independientes de los hombres. La propia Rebecca lo cuenta en la página web de la aldea: “Comenzamos con tiendas móviles (manyatta dukas en suajili) donde vendíamos harina de maíz, azúcar, etc., pero no tuvo éxito. Luego cambiamos a la venta de artesanías para turistas y nos fue bien, tanto que el Servicio de Vida Silvestre (que controla los espacios naturales y el turismo en Kenia) nos llevó a un viaje educativo a la reserva Masái Mara para aprender cómo ellos manejaban el turismo”.

Y ciertamente lo aprendieron, ya que a la vuelta se embarcaron en un ambicioso proyecto, y crearon un centro cultural y un camping. “Ahorramos durante meses para el pago inicial, que costó 200.000 chelines (unos $2,700) y compramos la tierra, pero vino un grupo de hombres, nos golpearon y nos dijeron que las mujeres no podían poseer tierras. Me culparon a mí y dijeron que iban a matarme y que conseguirían que las mujeres fueran suyas de nuevo”, cuenta Rebecca. Por suerte el Gobierno les dio el estatus de cooperativa y se constituyeron como el Grupo de Mujeres Uaso Umoja.

Y es que ser mujer en Kenia implica estar sometida al hombre, no tener ningún derecho, no poder asistir a la escuela y mucho menos poseer ganado o tierras (al ser una cultura pastoril, ésta es casi su única fuente de ingresos). La ley allí no protege a las mujeres violadas, y cuando esto ocurre son humilladas y repudiadas por sus familias. Por eso en Umoja también se informa a mujeres de otros poblados sobre sus derechos, sobre temas de salud (las acogen para darles cuidados pre natales) o incluso les asesoran para emprender sus propios negocios.

Los hombres de las aldeas cercanas siguen viendo con recelo el éxito de Umoja, y aún creen que esas mujeres no pueden vivir sin ellos. Nada más lejos de la realidad. Pocas parecen dispuestas a volver a compartir su vida con un hombre, aunque las más jóvenes planean casarse en un futuro. La diferencia es que quieren hacerlo en sus propios términos. Lo que sí hay son niñas y niños, y es que para los samburu las mujeres tienen que casarse y tener hijos. Por eso, y siempre con el consentimiento de ellas, sigue habiendo interacción con los hombres.

Tal vez sea cierto que no pueden prescindir de ellos, pero es un hecho que las mujeres de Umoja son ahora libres para decidir sobre su destino y han recorrido mucho camino en cuanto a autonomía se refiere. Han dejado de ser mujeres en cautiverio en una sociedad profundamente machista, que es mucho más de lo que podemos decir muchas en países supuestamente más avanzados.

Foto: Tomada de One